mary coleridge
a la memoriaExtraño Poder, quién eres yo no lo sé, / asesino o doncella de mi fe. / Sólo sé que prefiero el castigo / del más implacable enemigo, / que vivir —como ahora vivo— / Mutilada día a día por ti. / Sin embargo,
afectoLa Tierra que creó la Rosa, / también es tu Madre, y no yo. / La llama donde brilla el espíritu de vuestra doncella / no fue encendida en ningún lugar / en el que yo haya reposado. / Yo existo tan abajo com
el funeral del diablo¡Gente buena, el Diablo está muerto! / ¿Quiénes son los portadores que llevan el velo? / Uno de ellos piensa que también asesinó a Dios / con la misma espada que a Satanás mató. / Otro cree que ha salvado
el otro lado del espejoMe senté frente al cristal un día, / y evoqué ante mí una imagen desnuda, / negando las formas de la alegría y la razón, / aquella sombría figura fue reflejada allí: / La visión de una mujer, exhalando / sa
indeseadoÉramos jóvenes, éramos alegres y éramos muy, muy sabios, / Y la puerta estaba abierta a nuestro banquete, / Cuando pasó una mujer con el Oeste en sus ojos, / Y un hombre con su espalda hacia Oriente. / To
la brujaHe caminado mucho sobre la nieve, / No soy alta ni mi corazón fuerte. / Mis ropas están mojadas, / Y mis dientes se estremecen, / El camino ha sido largo / Por el penoso sendero crujiente. / He vagado sobre l
la muerte y la damaRegresa, mi Señor, dijo ella, / como si fuera el Padre del Pecado / he odiado al Padre de los Muertos, / el verdugo de mi raza, / por amante de los vivos fue tomado. / Regresa, mi Señor, regrese. / Fuimos ene
la mujer blanca¿Dónde se detiene la adorable, / La salvaje mujer blanca, mortal para el hombre? / Nunca han cedido sus cuellos bajo el yugo, / Ellas habitaban solas cuando surgió la mañana / Y el tiempo comenzó. / Son más
lámparas de la calleLos caminos rurales son amarillos y pobres. / Recorremos las calles de la ciudad de Londres. / Nunca pasan los carruajes, / Nunca un carro vemos a pasar. / Un silencio indeseado roba / El sonido de las rued
no envidio a los muertos que descansanNo envidio a los muertos que descansan, / a las almas que vuelan y cantan, / y no por el bien de los benditos / estoy dispuesta a morir. / Si alguna vez los hombres fueron puestos en la tierra, / bien podrí
nunca dijimos adiósNunca dijimos adiós, ni siquiera / Nos regalamos una última mirada, / No hubo signos en la cadena helada / Cuando fue rota, cuando desatados descendimos. / Y aquí descansamos juntos, eternamente, lado a l
sincera conmigo misma, falsa con todosSincera conmigo misma, falsa con todos, / el miedo, la tristeza, el amor, nos sujetan con su virtud. / Pero cuando los labios traicionan el llanto del espíritu, / la voluntad, que debería ser soberana,