País Poema

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wystan hugh auden

una noche de verano

Fuera en el jardín yazgo en la cama,
vega conspicua en las alturas
en las noches sin viento de junio,
mientras las hojas congregadas concluyen
la actividad de la jornada; mis pies
apuntan a la luna naciente.
Es una suerte que este punto en el tiempo y el espacio
se haya escogido como mi lugar de trabajo,
donde los sensuales aires del verano,
las horas de baño y los brazos desnudos,
los paseos ociosos por una tierra de granjas
son buenos para un recién llegado.
De igual a igual con colegas en un círculo
me siento cada noche tranquila
hechizado como las flores
que la luz en ciernes saca de su escondite
con toda su paulatina súplica cual zureo,
su lógica y sus poderes:
que luego –aunque entonces partiéramos–
podamos recordar estas noches en que
el miedo no miraba el reloj;
las penas de león salían de las sombras
y apoyaban el hocico en nuestros regazos,
y la Muerte cerraba su libro.
Ahora al norte y al sur y al este y al oeste
aquellos a quienes amo buscan reposo;
la luna los contempla a todos,
los curanderos y los brillantes oradores,
los excéntricos y los paseantes silenciosos,
los rechonchos y los altos.
Ella trepa por el cielo europeo,
iglesias y centrales eléctricas yacen
por igual entre los elementos de la tierra:
se asoma a las galerías
y con el gesto ausente del carnicero
contempla los maravillosos cuadros.
Atenta a la gravedad, de nada
se apercibe aquí, aunque
a quienes el hambre no nos conmueve,
desde jardines donde nos sentimos seguros
levantamos la mirada y con un suspiro soportamos
las tiranías del amor.
Y, mansos, no nos molestamos en averiguar
hacia dónde arrumba Polonia su proa oriental,
qué violencia se ejerce,
ni en preguntar qué dudosa ley permite
nuestra libertad en esta casa inglesa,
nuestros picnics al sol.
Pronto, pronto, a través de los diques de nuestra satisfacción
el torrente devastador abrirá una brecha
y, más alta que un árbol,
pondrá la muerte súbita ante nuestros ojos
cuyos sueños fluviales tanto tiempo ocultaron la magnitud
y los bríos del mar.
Pero cuando las aguas se batan en retirada
y a través del barro negro aparezcan
las primeras espigas en tímidos tallos verdes,
cuando los monstruos varados yazgan jadeantes,
y el fragor del remachar aterre
sus oídos torpes y retorcidos,
tal vez estos placeres que tememos perder,
esta intimidad, no necesiten excusa
sino que a esa fuerza pertenezcan,
como a través de los gritos felices y temerarios de un niño
se elevan las voces ahogadas de los padres
en canto ajeno al lamento.
Tras las descargas de alarma,
todas imprevistas, deja que calmen
el pulso de las naciones nerviosas,
perdona al asesino en su vitrina,
difícil en su paciencia superar
de la tigresa los veloces movimientos.