Este camposanto al amparo de los pinos
es de estatus inferior a los viñedos
y, aunque siguen apiñándose nuevos huéspedes,
debe mantener el tamaño que siempre ha tenido.
Donde los hombres son muchos, los acres pocos,
los muertos también deben cultivarse,
cual semillas en el campo de cualquier granjero
se plantan por el fruto de sus huesos.
Hace falta unos dieciocho meses para que uno
madure hasta convertirse en esqueleto,
y sea lavado, plegado, embutido en un pequeño
nicho abierto en el muro del cementerio.
La curiosidad me hizo detenerme
mientras los enterradores sacaban a la luz una cosecha:
los bardos también se han equivocado al cantar
que a esto se ven reducidos los Alejandros.
Vayan donde vayan nuestras personalidades
(y, a decir verdad, no lo sabemos),
las sólidas estructuras que dejan atrás
no son descrédito para los nuestros.
Es posible que los dolientes echen de menos –y lo echan– un rostro,
pero al menos no pueden detectar indicio alguno
de esas hambres de pescado, celos mamíferos,
que emparientan nuestra carne con más burdas viandas.
¿Y quién se avergonzaría de reconocer
una paciencia que compartimos con la piedra,
este algo subyacente en nosotros
que nunca, en ningún momento, armó revuelo?
Teniendo en cuenta cuáles son nuestros motivos,
deberíamos agradecer a nuestra buena estrella
que el Amor deba cabalgar para llegar a sus confines
un monte que no tiene necesidad de amigos.