Mientras escuchaba desde una tumbona a la sombra
todos los ruidos que hacía mi jardín,
me pareció de lo más apropiado que las palabras
no les hayan sido reveladas a los vegetales y los pájaros.
Un petirrojo sin cristianar acometió de principio a fin
el Himno del Petirrojo, que constituía todo su saber,
y las flores susurrantes aguardaban a algún tercero
que dijera qué pares, si alguno, debían emparejarse.
Ninguno de ellos era capaz de mentir,
no había ni uno solo que fuera consciente de estar muriendo
o que pudiera con un ritmo o una rima
asumir responsabilidad por el tiempo.
Que dejen el lenguaje a sus solitarios superiores
quienes cuentan algunos días y ansían ciertas cartas;
nosotros también hacemos ruidos al reír o llorar:
las palabras son para aquellos con promesas que cumplir.