Mayo con su luz en danza
aviva vena, ojo y miembro,
el singular y el triste
están dispuestos a recobrarse,
y a cada río, deleite de cisnes,
acuden las despreocupadas meriendas
de vivos rojos y blancos.
Nuestros muertos, remotos y encapuchados,
en hoyos descansan, pero nosotros
hemos huido de sus imprecisas espesuras,
bosques donde se reúnen los niños
y revolotean los blancos ángeles vampiros,
se alzan ahora con ojo sombrío,
la nociva manzana hurtada.
El mundo real se extiende ante nosotros,
valientes gestos de los jóvenes,
ansia en abundancia de morir,
los complacientes, complacidos, obsesionados:
un Maestro agonizante se hunde atormentado
en el círculo de sus admiradores,
los injustos pueblan la tierra.
Y el amor que impacienta
a tortuga y corzo, que tiende
al rubio junto al moreno,
advierte a nuestra sangre,
ante los buenos y los malos
cuán insuficiente es
el roce, el cariño, la mirada.