¿Qué zumbido de sirena anuncia nuestra arribada
enfilando el fiordo helado, la forja de la libertad,
qué llamada de pastor
encallados en la colina,
con el eje quebrado
camino del exilio?
Con equipaje etiquetado nos apeamos al cabo,
para avenirnos entre bromas en el cruce a la vera del páramo,
con sonrisa experta
y cuento inofensivo
salimos al encuentro
de cada nuevo recluta.
Experto de las tierras altas, siempre con impermeable,
estudioso de biblioteca, imponiendo su criterio,
propietario del condado,
todos se reúnen en esta orilla,
arrostrando cada aguijonazo
con presencia de ánimo.
Nuestros aposentos están dispuestos, el registro firmado,
hay tiempo de dar un paseo antes del anochecer,
ver la pintura ampollada
en el frente abrasador,
o la melancolía del carámbano
en la viga del embarcadero.
Subir el camino del acantilado hasta el puesto del guardacostas
detrás del muelle derrelicto del que desertaron las ratas,
contemplar desde la repisa de hormigón
de la fortaleza en venta
las rocas de los bañistas,
los almiares de los amantes.
Nuestras botas recibirán un buen cepillado, un vapuleo los almohadones,
se desalojan armarios para albergar nuestras prendas:
aquí viviremos
y de alguna manera amaremos
aunque solo dominemos
la postura pesarosa.
Se prometen picnics y se planean para julio,
hasta el bosque con el salto de agua, paseos para apreciar
rastros de pájaros
un topo, un remache,
en astilleros con el aviso de
«rigurosamente privados».
Habrá patinaje y curling en Navidad: dentro
charadas y charla; luego los jinetes pasan
alguna tarde
en senderos nevados,
cercados con alambres,
excedentes de las guerras.
En primavera desterronaremos la tierra en el linde
para que broten los bulbos; nos resignaremos en otoño,
cuando los árboles tiren los tejos,
al paso del terco temporal,
y las hojas perplejas
se ciernan sobre nuestras vidas.
Viendo por las ventanas el dispendio de la velada,
el fulgir de las fundiciones hacia el final del año,
la tenue desesperanza
ante lo que somos,
la tristeza marginal
es fuente de vida.
En grupos, olvidada el arma en la gaveta,
no urge suplicar perdón, somos soberbios hasta que
la música en el agua
nos devuelve
a la carencia de altura,
lamentándonos
de menos cada vez.
Hasta que con el sombrero asido entre las manos para hablar,
o caminando por las calles en busca de algo que ver,
la luz de gas en las tiendas,
la suerte de los barcos,
y el viento de la marea
palpan la vieja herida.
Hasta que se tornan insensibles los nervios y su ahora es un tiempo
tardío para el amor y también para la mentira,
acostumbrados al fin
a haber perdido,
aceptando la escasez,
la sombra de la muerte.