Al volver cada mañana de un mundo intemporal,
los sentidos se abren a un mundo de tiempo:
tras tantos años la luz es
novedosa todavía, e inmensa su ambición,
pero, traducido de su propio mundo informal,
el ego queda desconcertado y no desea
una reluciente novedad esta mañana,
ni le gusta el ruido o la gente.
Pues tras las puertas de este ambicioso día
hay sombras con enormes resentimientos, fuera de
su océano cartografiado de percepción
deformes guardacostas borrachos de presagios;
y tejedores susurrantes, arrastrándose por este mundo,
desacreditan tanta literatura y alabanza.
El verano fue peor de lo que esperábamos:
ahora un frío otoñal se cierne sobre el agua,
mientras las vidas menores se retiran con sus ahorros, sus
pequeños depósitos de féculas y nueces, y pronto
estarán dormidas o de viaje o
muertas. Pero este año las ciudades de nuestra infancia
cambian de cariz junto con los bosques,
y muchos que han compartido nuestra conducta añadirán
sus pizcas de detritus a la
cadena nutritiva del ser determinado,
e incluso nuestro declive sin eliminar
hacia una vita minima, acurrucados en busca de calor,
fanfarrones y apocados juntos
en un coma de espera, respirando apenas
en una oscuridad de tribulación y muerte,
mientras las ventiscas hacen estragos en el jardín y la vieja
Locura se torna peligrosa, se oxidan las
ruedas de molino, y las presas se desmoronan poco a poco.
¿Intentará el ego soliviantado igual que antaño
emigrar a su lugar de origen,
a los jardines colgantes de Eros
y las lunas de un verano mágico?
El tren local ya no funciona,
las rosas heréticas han perdido su aroma,
y su lugar de cita en Cornish Hollow
está plagado de insolentes villanos
a los que el Padre no puede ahuyentar con un gesto de su sombrero estropeado,
y la secuencia regida por la fantasía nos remonta
a todos al laberinto donde bien
somos hallados o bien nos extraviamos para siempre.
¿Qué señales deberíamos hacer para ser hallados, cómo
podemos desear la sabiduría que debemos saber para desear?
El derroche es un barrio de profetas,
pero ¿quién ha visto a Jesús y quién solo
a Judas el Abismo? Las rocas son grandes y malas,
la muerte demasiado sustancial en el aire enrarecido,
el saber grita en la angosta puerta donde
se truecan eventos con el tiempo pero no puede
decir lo que la lógica debe o no dejar al destino,
o qué leyes se nos permite obedecer:
ahora no hay pájaros, glaciares
rapaces relucen en una noche fría,
y la muerte es probable. Aun así,
al margen de la situación y la culpa,
deja que los labios hagan acto de contrición
por lo que esté a punto de ocurrir,
que el tiempo recordado sea testigo del tiempo requerido,
los senderos positivo y negativo a través del tiempo
se abracen y se animen mutuamente
en un breve momento de intersección,
que el espíritu soberbio pueda mientras esté en su mano
ceñirse a su centro temporal con elogios,
reconociendo los atributos de
una inmortal, una infinita Sustancia,
y la andrajosa estructura de la carne indolente
ofrezca un eco resonante a la Palabra que fue
desde el principio, y la radiante
Luz quede abarcada por la oscuridad.