Para este y para todos los recintos así el arquetipo
es la forja de Wayland, una cueva más íntima incluso que un dormitorio, pues ni amantes ni
criadas son bienvenidos, pero sin los secretos de un dormitorio: por la Olivetti portátil,
los diccionarios (los mejores del mercado), los rimeros de papel, resulta evidente
lo que debe de ocurrir. Desprovista de flores y fotos de familia, todo aquí está subordinado
a una función, diseñado para desalentar los ensueños –de ahí que las ventanas estén desviadas de cualquier vista
plausible pero admitan una luz a la que se podría arreglar un reloj– y aguzar el oído: accesible por medio de
una escalera exterior, queda aislada de los ruidos y olores domésticos, el vasto telón de fondo
de la vida natural. Aquí el silencio es transformado en objetos.
Ojalá, Louis, pudiera habértela enseñado
mientras aún seguías en público, y la casa y el jardín: amante de las mujeres y de Donegal,
desde tu perspectiva percibías paisajes que yo pasaba por alto, y en cambio te interesabas cual erudito
en hechos que te podía señalar (por ejemplo, cuatro millas hacia el este, en una empalizada de madera, terminaba
la Baviera carolingia, más allá
nómadas incognoscibles). Nos hicimos amigos por elección
personal, pero el destino ya nos había
hecho vecinos. Por gramática ambos heredamos
un buen inglés bárbaro mestizo
que nunca sucumbió por completo a la retórica romana
o a la gravedad romana, ese disparate
sin el menor fuste. Aunque ninguno de nuestros padres, como el de Horacio,
se limpiaba la nariz en el antebrazo,
ninguno era patricio, y probablemente nuestros antepasados
estaban entre los abundantes súbditos
que menos dinero costaba asesinar. Así nacidos, ambos
alcanzamos uso de razón en un momento
en que a las locomotoras se les ponía nombres de caballeros de las obras de Malory,
los escolares llamaban a la asignatura de ciencias
«Follón», y el distrito seguía anclado en la divinidad política:
ambos fuimos testigos con sentimientos encontrados
de cómo se ahuyentaba al Silencio, las iglesias se vaciaban, la caballería
se iba, el Modelo Cósmico
se tornaba alemán, y cualquier fe en la virtud inmanente, si es que la teníamos,
se extinguía. Más que nunca
la «vida allá fuera» es atractiva, milagrosa, entrañable,
pero ya no volveremos, no desde Stalin y Hitler,
a confiar en nosotros nunca: sabemos que, subjetivamente,
todo es posible.
Para ti, sin embargo,
desde que, el otoño pasado, te escabulliste discretamente de Granusion,[*]
nuestro húmedo jardín, hacia
la Tierra de la Despreocupación, ninguna posibilidad
importa. Ojalá no hubieras cogido ese resfriado, pero resulta más fácil hablar
con los muertos que echamos de menos: con esos a quienes los problemas ya no crean tensión uno no puede sentir timidez y, de todos modos,
cuando jugar a cartas o beber o hacer muecas están descartados, ¿qué otra cosa se puede
hacer salvo hablar con las voces de la conciencia en que se han convertido? A partir de ahora, como visitante
al que no hay que salir a esperar a la estación, tu influencia es bienvenida a cualquier hora en mi territorio,
sobre todo aquí, donde títulos desde Poemas hasta La alcándora ardiente son prueba definitiva
del creador que eras, con el que una vez colaboré, una vez en un extraño Simposio
crucé guiños mientras un imbécil peroraba sobre la Alienación.
¿Quién, de preferencia,
querría ser bardo en una cultura oral, obligado en fiestas ebrias a improvisar el panegírico
de algún fornido analfabeto intrascendente, otorgador de anillos, o estar subordinado al ánimo de un
Príncipe Barroco para ganarse el pan, con la obligación, como si fueras su enano, de entretener? Después de todo, es un privilegio notable
entre tanta abundancia estar al servicio de este arte impopular que no puede convertirse en
ruido de fondo para el estudio o ser lucido como trofeo de estatus por los ejecutivos de rompe y rasga,
no puede «pasearse» como Venecia ni resumirse como Tolstói, sino que sigue insistiendo tercamente en
ser leída o dejada de lado: al menos puede
hechizar a nuestro puñado de clientes. (Es despiadado olvidarse
de los países subdesarrollados, pero el oído hambriento es tan sordo como el de un optimista suburbano:
a los estómagos solo les hablan con sinceridad los íntegros hindúes.) Es posible que nuestros precursores nos envidien
nuestro remanente capaz aún de escuchar: como predijo Nietzsche, la plebe se ha ido idiotizando
a ritmo constante, los óptimos andan cada vez más espabilados. (Hoy, incluso Talleyrand
puede parecer ingenuo: tenía muy poco a lo que enfrentarse.) Me gustaría convertirme, si fuera posible,
en un Goethe atlántico menor, con pasión por el tiempo y las piedras pero sin su estupidez
con respecto a la Cruz: a veces un tostón, pero, consciente de que el Discurso puede como mucho, una sombra que se hace eco
de la muda luz, dar fe de la Verdad que no es, ya quisiera él que lo fuese, como vanidosa
en exceso para ello es la manada francófila de cantores puros. No somos músicos: apestar a Poesía
es impropio, y no ser nunca aburrido demuestra carencia de buen gusto. Incluso una quintilla
debería ser algo que un hombre de honor, a la espera de morir de cáncer o ante un pelotón de fusilamiento,
pudiera leer sin desdén (en esa frontera no me atrevería a hablarle a nadie
con el bramido del profeta o el susurro del diplomático).
Viendo que conoces nuestro misterio
desde dentro y por tanto hasta qué punto, en nuestras guaridas solitarias, necesitamos la compañía
de nuestros queridos muertos, para que nos consuelen en días tristes cuando el yo es una nulidad
vertida sobre un montón de nada,
para romper el hechizo de quedar encantado con uno mismo cuando los diablillos
besucones de la sensiblería y la música celestial escriben con nosotros lo que les viene en gana, no creerás que abuso si
te pido que permanezcas a mi lado hasta la hora del cóctel: querida Sombra, para tu elegía
debería haber sido capaz de elaborar algo mas de tu estilo que este egocéntrico monólogo,
pero acéptalo en aras de la amistad.