País Poema

Autores

wystan hugh auden

homenaje a clío

Nuestra colina se ha sometido y el prado
se extendió hacia el norte: en torno a mí,
de la mañana a la noche, las flores se baten en duelo incesantemente,
color contra color, en combates
que todas ganan, y en cualquier momento de algún otro lugar
puede llegar otro clamor tribal
de una nueva generación de pájaros que gorjean,
no para causar impresión sino porque gorjear
es lo que toca. Más vidas de las que percibo
son conscientes de la mía esta mañana de mayo
mientras estoy sentado leyendo un libro, sentidos más perspicaces
montan guardia sobre una zona incomible
de olor insatisfactorio, insegura como
lo son muchas áreas: para la observación
mi libro está muerto, y gracias a observaciones viven
en el espacio, tan ajenos al silencio
como la Provocativa Afrodita o su gemela,
la Arpía Ártemis, las Altas Hermanas
cuyas súbditas son. Es por eso que, en su Reino Dual,
las banalidades pueden ser hermosas,
por qué nada es demasiado grande o demasiado pequeño o del color
equivocado, y el bramido de un terremoto
reordenando los susurros de los arroyos un fuerte ruido
no un alboroto: pero nosotros, al azar
y fuera de temporada, nos vemos obligados a arrostrar,
uno a uno, Clío, tu silencio. Después
nada resulta sencillo. Podemos soñar a placer
con columnas fálicas o piedras umbilicales
con doce ninfas bailando en derredor, pero las imágenes
no sirven de nada: tu silencio ya está presente
entre nosotros y cualquier centro mágico
donde hay que imponer disciplina a las cosas. Además,
¿lo lamentamos? Despabilado a la salida del sol para oír
que un gallo se pronuncia él mismo a sí mismo
aunque todos sus hijos han sido castrados y devorados,
me alegré de poder ser infeliz: si
no sé cómo me las arreglaré, al menos sé que
la bestia con dos espaldas puede ser una especie
equitativamente distribuida pero Mamá y Papá
no eran otras dos personas. Visitar
la tumba de un amigo, montar una fea escenita,
contar los amores que uno ha dejado atrás,
no está bien, pero gorjear cual pájaro sin lágrimas,
como si no muriera nadie en particular
y los chismes no fueran nunca ciertos, impensable:
si lo fuera, de nada serviría el perdón,
ojo por ojo sería lo justo y el inocente
no tendría que sufrir. Ártemis,
Afrodita, son Poderes Fundamentales y todos los prudentes
gobernadores se andarán con sumo cuidado.
Pero es a ti, que nunca has dicho lo que piensas,
madonna de los silencios, a quien acudimos
cuando hemos perdido el control, tus ojos, Clío, en los que
buscamos reconocimiento después de que
se nos haya descubierto. ¿Cómo te describiré? Ellos
pueden ser representados en granito
(se adivina enseguida por las perfectas nalgas,
la boca impecable demasiado imponente para comisuras,
quién debe de ser el coloso), pero ¿qué icono
tienen las artes para ti, que pareces una muchacha
cualquiera en la que uno no se ha fijado y no muestras especial
afinidad con una bestia? He visto
tu fotografía, me parece, en la prensa, meciendo
a un niño o velando un cadáver: en todas las ocasiones
no tenías nada que decir y nada dijiste, se te podía ver,
observar dónde estabas, Musa del único
hecho histórico, defendiendo con silencio
algún mundo que solo tú veías, un silencio
que ninguna explosión puede conquistar pero se sabe que ha colmado
el Sí de un amante. Qué pocos de los Grandes
llegan a escuchar: es por eso que tienes un sinfín
de gritos superfluos de los que cuidar y
por qué fueron, arriba y abajo como el duque de Cumberland,
o venga dar vueltas como el molino de Laxey,
el Bajo, el Calvo, el Pío, el Tartamudo,
como van las criaturas de Ártemis,
no las tuyas. Las vidas que te obedecen se mueven como la música,
convirtiéndose ahora en lo que solo pueden ser una vez,
haciendo del silencio el sonido decisivo: suena
sencillo, pero hay que dar con el tiempo. Clío,
Musa del Tiempo, sin cuyo silencio misericordioso
solo contaría el primer paso y ese
siempre sería el asesinato, cuya amabilidad nunca
se asimila, perdona nuestros ruidos
y enséñanos nuestros recuerdos: echar a perder
el menor defecto de alguien a quien amamos
queda descartado, dice Afrodita,
que debería saberlo, y sin embargo, sé de gente
que ha hecho precisamente eso. Accesible como pareces
no me atrevo a preguntarte si bendices a los poetas,
pues no parece que los leyeras nunca,
ni veo razón para que lo hicieras.