País Poema

Autores

wystan hugh auden

en memoria de sigmund freud

Cuando tantos hay a quienes tendremos que llorar,
cuando la tristeza ha pasado a ser tan pública, y quedado expuesta
a la crítica de toda una época
la fragilidad de nuestra conciencia y angustia,
¿de quién hablaremos? Pues todos los días mueren
entre nosotros aquellos que nos hacían algún bien,
que sabían que nunca era suficiente pero
esperaban mejorar un poco viviendo.
Así era este doctor: aún a los ochenta deseaba
pensar en nuestra vida de cuya rebeldía
tantos jóvenes futuros verosímiles
piden obediencia con amenazas o halagos,
pero se le negó su deseo: cerró los ojos
sobre aquella última imagen, común a todos nosotros,
de problemas como los parientes reunidos
perplejos y celosos ante nuestra muerte.
Pues en torno a él hasta el final mismo seguían
aquellos que había estudiado, la fauna de la noche,
y las sombras que aún aguardaban a entrar
en el resplandeciente círculo de su reconocimiento
se fueron a otra parte con su decepción mientras
lo apartaban del interés de su vida
de regreso a la tierra en Londres,
un judío importante que murió en el exilio.
Solo el Odio era feliz, confiado en ampliar ahora
su consulta, y su sombría clientela
convencidos de que pueden curarse matando
y cubriendo los jardines de cenizas.
Siguen vivos, pero en un mundo que él cambió
sencillamente volviendo la mirada sin falsos pesares;
todo lo que hizo fue recordar
como los viejos y ser sincero como los niños.
No era ingenioso en absoluto: sencillamente relataba
el desdichado Presente para recitar el Pasado
como una lección de poesía hasta que tarde
o temprano titubeaba en el verso donde
tiempo atrás empezaran las acusaciones,
y de pronto sabía por quién había sido juzgado,
cuán abundante había sido la vida y cuán absurda,
y se veía perdonado por la vida y más humilde,
capaz de acercarse al Futuro como a un amigo
sin un ropero de excusas, sin
una máscara forzada de rectitud o un
embarazoso gesto archiconocido.
No es de extrañar que las antiguas culturas de la vanidad
en su técnica de agitación previeran
la caída de príncipes, el derrumbe de
sus lucrativos patrones de frustración:
en caso de que tuviera él éxito, bueno, la Vida Generalizada
se tornaría imposible, el monolito
del Estado quedaría hecho añicos y atajada
la cooperación de los vengadores.
Naturalmente que apelaron a Dios, pero él descendió
por su propio camino entre los extraviados como Dante
hasta el foso hediondo donde los heridos
llevan la ingrata vida de los rechazados,
y nos enseñó lo que es el mal, no, como pensábamos,
actos que deben recibir castigo, sino nuestra falta de fe,
nuestro fraudulento ánimo de negación,
la concupiscencia del opresor.
Si algunos vestigios de la pose autocrática,
la severidad paternal de la que recelaba, aún
se aferraban a su discurso y sus rasgos,
era una coloración protectora
para quien tanto tiempo había vivido entre enemigos:
si a menudo erraba y, a veces, era absurdo,
para nosotros no es tanto una persona
ahora cuanto todo un clima de opinión
bajo quien llevamos nuestras diferentes vidas:
como el tiempo solo puede estorbar o ayudar,
los orgullosos pueden seguir siéndolo pero les resulta
un poco más difícil, el tirano intenta
apañárselas con él pero no lo tiene en gran estima:
rodea con sigilo todos nuestros hábitos de crecimiento
y se extiende, hasta que los hastiados incluso
en el ducado más remoto y miserable
han notado el cambio en los huesos y se sienten animados,
hasta que el niño, desafortunado en su pequeño Estado,
un hogar donde la libertad está excluida,
una colmena cuya miel es miedo e inquietud,
se nota ahora más tranquilo y de algún modo seguro de su huida,
mientras, tendidos en la hierba de nuestra dejadez,
infinidad de objetos hace tiempo olvidados
revelados por su brillo sin merma
nos son devueltos, renovado su valor;
juegos que nos habíamos creído obligados a olvidar a medida que crecíamos,
ruiditos de los que no nos atrevíamos a reír,
muecas que hacíamos cuando nadie miraba.
Pero él nos desea algo más. Ser libre
es a menudo estar solo. Él uniría
las mitades desparejas fracturadas
por nuestro bienintencionado sentido de la justicia,
restituiría a los más grandes el ingenio y la voluntad
que los más pequeños poseen pero solo pueden usar
para áridas disputas, devolvería
al hijo la abundancia de sentimiento de la madre:
pero nos haría recordar sobre todo
el entusiasmo hacia la noche,
no solo por la sensación de asombro
que ya de por sí ofrece, sino
porque necesita nuestro amor. Con grandes ojos tristes
sus deleitosas criaturas nos miran y suplican
sin habla que les pidamos que nos sigan:
son exiliados que ansían el futuro
que obra en nuestro poder, ellos también se alegrarían
si se les permitiera aportar iluminación como él,
soportar incluso nuestra acusación de «Judas»,
como él hizo y todos quienes la aportan deben soportar.
Una voz racional ha enmudecido. Sobre su tumba
la familia del Impulso llora a un ser harto querido:
triste está Eros, fundador de ciudades,
y llorosa la anárquica Afrodita.