Si constituye ese paisaje que nosotros, los inconstantes,
nunca dejamos de añorar, es sobre todo
porque se disuelve en agua. Fíjate en estas laderas sinuosas
con su fragancia externa a tomillo y, debajo,
un sistema secreto de cuevas y pasajes; oye los arroyos
que brotan por doquier con una risa sofocada,
colmando cada cual una charca privada para sus peces y tallando
su propio barranquillo cuyas laderas albergan
a la mariposa y el lagarto; examina esta región
de distancias cortas y lugares inequívocos:
¿qué podría ser más parecido a Madre o un entorno más adecuado
para su hijo, el conquistador que se recuesta
sobre una roca al sol, sin dudar nunca
de que a pesar de todos sus defectos es amado; cuyas obras no son salvo
extensiones de su poder para hechizar? Desde el erosionado afloramiento
hasta el templo en la cima de la colina, desde las aguas que nacen hasta
las llamativas fuentes, de un viñedo cultivado a otro silvestre,
todo son hábiles pero cortos pasos que el deseo de un niño
de recibir más atención que sus hermanos, ya sea
agradando o fastidiando, puede dar con facilidad.
Vigila, pues, las bandas de rivales cuando recorren arriba y abajo
sus pronunciadas torrenteras de piedra en grupos de dos y tres, a veces
cogidos del brazo, aunque nunca, gracias a Dios, llevando el paso; o enfrascados
en la parte sombreada de una plaza a mediodía en
voluble discurso, conociéndose demasiado bien para pensar
que no hay ningún secreto importante, incapaces
de concebir un dios cuyos accesos de ira son morales
y no pueden sofocarse con un comentario ingenioso
o un buen revolcón: pues, acostumbrados a una piedra que responde,
nunca han tenido que velar sus rostros atemorizados
de un cráter cuya furia ardiente no se pudiera remediar;
adaptados a las necesidades locales de los valles
donde todo se puede tocar o alcanzar a pie,
sus ojos nunca han contemplado el espacio infinito
a través de la celosía del peine de un nómada; afortunados desde la cuna,
sus piernas nunca se han topado con los hongos
e insectos de la jungla, las formas y las vidas monstruosas
con las que, preferimos pensar, no tenemos nada en común.
De modo que, cuando uno de ellos se echa a perder, sigue siendo comprensible
cómo funciona su cabeza: convertirse en un macarra
o tratar con joyas falsas o malbaratar una hermosa voz de tenor
para hacer que se venga abajo la sala, podría pasarle a cualquiera
salvo a los mejores y los peores entre nosotros...
Es por eso, supongo,
que los mejores y los peores no se quedaron mucho tiempo sino que buscaron
tierras inmoderadas donde la belleza no fuera tan externa,
la luz menos pública y el sentido de la vida
algo más que una enloquecida facción. «¡Venid!», gritaron los áridos llanos de granito,
«qué esquivo es vuestro humor, qué casual
vuestro beso más tierno, qué permanente es la muerte.» (Los santos en ciernes
se escabulleron entre suspiros.) «¡Venid!», susurraron arcillas y gravas,
«en nuestras llanuras hay sitio para que perforen los ejércitos; los ríos
aguardan a ser sometidos y los esclavos a construiros una tumba
por todo lo alto: suave como la tierra es la humanidad y ambos
necesitan ser alterados.» (Los césares allí destinados se levantaron y
se fueron, dando un portazo.) Pero los temerarios de veras oyeron la llamada
de una voz más vieja y fría, el susurro oceánico:
«Soy la soledad que nada pide ni promete;
así es como te haré libre. No hay amor;
solo hay envidias diversas, todas ellas tristes».
Estaban en lo cierto, amor mío, todas esas voces estaban en lo cierto
y siguen estándolo; esta tierra no es el dulce hogar que aparenta,
ni su paz el sosiego histórico de un lugar
donde algo se saldó de una vez por todas: una provincia
atrasada y dilapidada, unida
al ancho y ajetreado mundo por medio de un túnel, con un cierto
atractivo sórdido, ¿a eso ha quedado reducida ahora? No del todo:
tiene un deber sofisticado que a pesar de sí misma
no desatiende, sino que pone en tela de juicio
todo lo que dan por sentado las Grandes Potencias; altera nuestros derechos. Al poeta,
admirado por su sincera costumbre de llamar
sol al sol, a su mente Misterio, le inquietan
estas estatuas de mármol que tan a las claras dudan de
su mito antimitológico; y estos golfillos,
que persiguen al científico por la galería embaldosada
con ofertas tan alegres, le recriminan su interés por los aspectos
más remotos de la Naturaleza: a mí también se me recrimina por lo que,
y cuánto, tú sabes. No perder tiempo, no caer en la trampa,
no quedar rezagado, no, ¡por favor!, parecerse
a las bestias que se repiten, o a una cosa como el agua
o a la piedra cuya conducta es predecible, esta
es nuestra Súplica Común, cuyo mayor consuelo es la música
que se puede tocar en cualquier parte, es invisible,
y no huele. En la medida en que tenemos que contemplar
la muerte como un hecho, sin duda estamos en lo cierto: pero si
los pecados pueden ser perdonados, si los cuerpos resucitan de entre los muertos,
estas modificaciones de materia en
inocentes atletas y fuentes que gesticulan,
hechas únicamente por placer, son prueba de algo más:
a los bienaventurados no les importará desde qué perspectiva los contemplen,
pues nada tienen que ocultar. Amor mío, nada sé de
ninguno de los dos, pero cuando intento imaginar un amor inmaculado
o el día de mañana, lo que oigo es el murmullo
de arroyos subterráneos, lo que veo es un paisaje de piedra caliza.