¿De dónde vienen? Esos que tanto tememos,
mientras sobre nuestro lugar más querido se cierne el frío
de su ala torcida y hace peligrar
al tierno amigo, el acueducto, la flor.
Las terribles Presencias cuyo reflejo los estanques
devuelven al famoso y, cuando el chico rubio
muerde con ganas la manzana
lustrosa, emergen en su pasmosa furia,
y nos damos cuenta de que los bosques están sordos y el cielo
no cuida de nadie, y estamos despiertos y estas,
cual granjeros, tienen resolución y conocimientos,
pero hacia nosotros va dirigido su odio.
Somos los áridos pastos adonde traen
el resentimiento de desterrados; en nosotros
vuelcan su desesperación; lucen nuestro llanto
como la ignominiosa insignia de su exilio.
Hemos evocado su llegada como un mapa embustero;
deseando la dicha extravagante de la vida,
los atrajimos con un espejismo de orquídeas,
orondas en el clima perezoso del refugio.
Nuestro dinero cantaba como los arroyos en los picos distantes
de nuestro pensamiento que los engatusaron como chicas;
nuestra cultura como un Occidente prodigioso
iluminó con una solemne promesa sus rostros.
Esperábamos a los hermosos o los sabios
prestos a apreciar un encanto en nuestras mentirijillas pueriles,
satisfechos de no encontrar salvo piedras,
capaces al instante de crear un jardín.
Pero los que vienen no son siquiera niños con
los ojos grandes e indiscriminados que perdimos,
ocupando nuestros espacios angostos
con su intenso abandono anarquista.
Llegan, diestros ya, la moderación
aprendida a la mesa de la ira de un padre;
en el espejo distorsionado de una madre
descubrieron el Sentido de Saber.
Para un futuro matrimonial, no obstante,
el lecho está preparado; aunque toda nuestra blancura retrocede
ante el novio torpe y velludo,
concebimos en el instante trémulo.
Pues la estéril debe querer alumbrar por mucho que la primavera
castigue; y el tortuoso que teme ser recto
no puede alterar su súplica sino que convoca
de la oscuridad un horrible rector.
El tigre pardo y vigoroso puede atravesar
con estilo las inmediaciones del asesinato; el simio
está a gusto de veras en la parroquia
de las muecas y los lametones: pero hemos
fracasado como sus alumnos. Nuestras lágrimas brotan de un amor
que no hemos superado; nuestras ciudades predicen
más de lo que esperamos; incluso nuestros ejércitos
tienen que expresar nuestra necesidad de perdón.