Más oscura y profunda es la fatalidad que cualquier abismo marino.
Al hombre que sienta la necesidad
en primavera –con la aparición de flores que anhelan el día,
el desprendimiento de la avalancha, nieve blanca de la pared rocosa–
de abandonar su casa,
ninguna mano suave cual nube puede refrenarlo, retenido por mujeres;
sino que siempre va ese hombre
sorteando guardianes, sorteando árboles en el bosque,
un desconocido para los desconocidos sobre el mar que no se agosta,
hogares para peces, agua sofocante,
o solitario en el páramo como la alondra,
junto a arroyos plagados de estorbos
un pájaro que ronda piedras, un pájaro inquieto.
Allí agacha la cabeza, fatigado al anochecer,
y sueña con su hogar,
el saludo desde la ventana, la comilona de bienvenida,
los besos de la esposa bajo una sola sábana;
pero al despertar ve
bandadas cuyo nombre desconoce, voces a través de las puertas
de nuevos hombres que hacen otro amor.
Sálvalo de la hostil captura,
del súbito salto del tigre en el rincón;
protege su casa,
su casa ansiosa donde los días se cuentan,
del trueno protégela,
de la ruina gradual que se propaga como una mancha;
tornando definitivo el número incierto,
trae la dicha, trae el día de su regreso,
afortunado con el día que se acerca, con el amanecer en ciernes.