Huyendo de enajenados ejecutivos de pelo corto,
los rostros tristes e inútiles en torno a mi casa,
a las montañas de mi miedo asciendo:
arriba, una peña vertiginosa y abrasadora; nada de cuevas,
ni collado, ni agua. Con pretexto fraguado,
sobre un pico inferior caigo entre jadeos,
refrescando mi fatiga con faltas que alardean de
una vida que han robado y perfeccionado.
Ascender contigo fue sencillo cual promesa.
Alcanzamos la cima sin el menor apetito,
pero eran los ojos lo que contemplábamos, no el paisaje,
no veíamos nada salvo a nosotros mismos, zurdos, perdidos,
devueltos a la orilla, el fértil interior todavía
ignoto: el amor dio la energía, pero hurtó la voluntad.