Deja que una florida música ensalce,
la flauta y la trompeta,
la conquista de la belleza de tu rostro:
en esa tierra de carne y hueso,
donde desde ciudadelas en las alturas
ondean sus estandartes imperiales,
deja que el sol abrasador
siga brillando, brillando.
Oh, pero los despechados han tenido poder,
los lloros y los golpes,
siempre: el tiempo precipitará su hora;
sus reservados hijos traspasan
la vigilancia de tu aliento
hasta la Muerte imperdonable,
y se quebrantan mis votos
ante su mirada.