País Poema

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wystan hugh auden

cinco canciones

I
¿Qué te preocupa, paloma mía, conejillo;
medran los pensamientos cual plumas, el apéndice inerte de la vida;
son hacer el amor o contar el dinero,
o abalanzarse sobre las joyas, los planes de un ladrón?
Abre los ojos, adorado enredador;
cede a cazar con las manos para escapar de mí;
haz por inercia el gesto de sondear lo conocido;
plántate al borde del día blanco y cálido.
Remonta el vuelo con el viento, mi tremenda serpiente;
acalla a los pájaros y ensombrece el aire;
transfórmame con terror, vivo en un momento;
apunta al corazón y allí arrebátame.
Noviembre de 1930
II
Esa noche en que empezó la dicha
a correr por nuestras venas más angostas,
aguardamos el destello
del arma apuntada de la mañana.
Pero la mañana nos dejó pasar,
y día a día el alivio
deja atrás su risa nerviosa,
crédulos de tanta paz,
a medida que milla a milla sigue sin verse
reproche de intruso alguno,
y las mejores vistas del amor no alcanzan
campos sino que son los suyos propios.
Noviembre de 1931
III
Pues lo que tan fácil
pues lo que si bien pequeño,
pues lo que bien está
porque entre medio,
para ti sencillamente
de mi parte quiero decir.
Quién va con quién
lo dice la ropa de cama,
mientras tú y yo
nos vamos con un beso,
los datos ofrecidos,
los sentidos sosegados.
El destino no se retrasa,
ni se rescribe el discurso,
ni se olvida una sola palabra,
dicha al principio
sobre el corazón,
por el corazón, para el corazón.
Octubre de 1931
IV
Se avista cuando las noches son silenciosas,
la isla arriñonada,
y nuestro feo bufón,
que estaba atento.
Oh, la terraza y la fruta,
el diminuto vapor en la bahía
que sobresaltaba al estío con su sirena:
te has marchado.
1933 ¿?
V
«¿Adónde vas?», le preguntó el lector al jinete.
«Funesto es ese valle donde arden los hornos,
más allá está el muladar cuyos aromas enloquecen,
el desfiladero es la tumba a la que regresan los altos.»
«¿Te imaginas acaso», le preguntó el medroso al viajero,
«que el crepúsculo te demore en tu camino hacia el paso,
tu diligente búsqueda descubra la carencia,
noten tus pies el paso del granito a la hierba?»
«¿Qué era ese pájaro?», le preguntó el horror al oyente.
«¿Has visto esa silueta en los árboles retorcidos?
Tras de ti velozmente viene la figura suavemente,
el lunar en tu piel es una espantosa enfermedad.»
«Fuera de esta casa», le dijo el jinete al lector.
«Nunca lo harán los tuyos», le dijo el viajero al medroso.
«Te están buscando», le dijo el oyente al horror,
al dejarlos allí, al dejarlos allí.
Octubre de 1931