País Poema

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wystan hugh auden

canción de los mendigos

«Oh, que se abrieran las puertas y llegara una invitación con márgenes dorados
para cenar con lord Pichafloja y el conde Asma en los bancos de platino,
con saltos mortales y fuegos de artificio, el asado y los besuqueos»,
gritaron los tullidos a la estatua silenciosa,
los seis tullidos depauperados.
«Y que los ingenios de Garbo y Cleopatra se desmandaran,
en un océano de plumas para ir a pescar y a jugar conmigo,
aún dichoso cuando el gallo hubiera reventado de tanto cacarear»,
gritaron los tullidos a la estatua silenciosa,
los seis tullidos depauperados.
«Y estar sobre el verde césped entre los rostros amarillos arracimados para verme
dependiendo del castaño, el sable y los caballos árabes,
y yo con una bola de cristal prever sus lugares»,
gritaron los tullidos a la estatua silenciosa,
los seis tullidos depauperados.
«Y que esta plaza fuera una cubierta y esas palomas velamen que aparejar,
y seguir la deliciosa brisa como un cochinillo
hasta las sombreadas islas sin fiebres donde los melones están a reventar»,
gritaron los tullidos a la estatua silenciosa,
los seis tullidos depauperados.
«Y que estos talleres se convirtieran en tulipanes en el macizo de un jardín,
y yo pudiera con mi muleta golpear hasta la muerte a cada comerciante
al asomar de una flor su calva y malvada cabeza»,
gritaron los tullidos a la estatua silenciosa,
los seis tullidos depauperados.
«Y que se abriera un agujero en la panza del cielo, y Pedro y Pablo
y todos los fatuos santos sorprendidos cayeran cual paracaídas,
y que todos los mendigos con una sola pierna no tuvieran ni una siquiera»,
gritaron los tullidos a la estatua silenciosa,
los seis tullidos depauperados.