País Poema

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wystan hugh auden

bajo qué lira - un tratado reaccionario para estos tiempos

Ares ha abandonado al fin el campo,
las manchas de sangre en los arbustos ceden
a los aguaceros que los calan,
y en su estado de convalecencia
las ciudades fracturadas se asocian
con flores estivales.
Acampados en la llanura de la universidad
crudos veteranos ya se entrenan
como fuerzas novatas;
instructores de lengua sarcástica
guían a los jóvenes hastiados de batallas
por los cursos básicos.
Entre desconcertantes aparatos
para dominar las artes y las ciencias
pasean o corren,
y los nervios que se aprestaron para la masacre
quedan hechos trizas por los poemas
breves de Donne.
Profesores que han regresado de misiones secretas
reanudan sus adecuadas erudiciones,
si bien algunos lo lamentan;
les encantaban sus dictáfonos,
conocieron grandes contubernios, y no dejan
que lo olvides.
Pero el decreto inescrutable de Zeus
permite que la voluntad de diferir
sea pandémica,
dispone que el vodevil predicará
y todo discurso inaugural
será una polémica.
Deja que Ares dormite, que otra guerra
se declare al instante una vez más
entre quienes siguen
al precoz Hermes hasta el final
y quienes sin la menor duda obedecen al
pomposo Apolo.
Brutal como todas las Olimpiadas,
si bien librada con sonrisas y nombres de pila
y menos dramática,
esta trifulca dialéctica entre
los dioses civiles es igual de vil,
y más fanática.
Lo que los altos inmortales hacen con alegría
es vida o muerte en la Tierra Media;
su antipatía
ahistórica enfurece por siempre
a todas las edades y tipos somáticos,
los inmaduros
que arrostran los indicios más umbríos del futuro
con risillas o avezadas miradas de soslayo
resueltos como Cortés,
y quienes como yo empalidecen
a medida que nos acercamos con velamen andrajoso
a los carnosos cuarenta.
A los hijos de Hermes les encanta jugar,
y solo rinden al máximo cuando se
les dice que no deberían;
las criaturas de Apolo nunca retroceden
ante empleos aburridos pero deben considerar
que su trabajo es importante.
Relacionados por antítesis,
un arreglo entre nosotros es
imposible;
respeto tal vez, pero nunca amistad:
Falstaff el necio se enfrenta por siempre
al gazmoño príncipe Hal.
Si dejara al yo en paz,
Apolo es bienvenido al trono,
fasces y halcones;
le encanta gobernar, siempre lo ha hecho;
la tierra no tardaría, si Hermes la dirigiera,
en ser como los Balcanes.
Pero celoso de nuestro dios de ensueños,
su sentido común trama en secreto
gobernar el corazón;
incapaz de inventar la lira,
crea con fuego simulado
el arte oficial.
Y cuando ocupa una escuela universitaria,
la verdad se sustituye por el Conocimiento Útil;
presta atención
particular al Pensamiento Comercial,
las Relaciones Públicas, la Higiene, el Deporte,
en sus curricula.
Atlético, extrovertido y ordinario,
para él, trabajar en soledad
es la ofensa,
el objetivo un populoso Nirvana:
en su escudo luce este lema: Mens sana
qui mal y pense.
Hoy sus brazos, hemos de confesar,
de Derecha a Izquierda han tenido éxito,
sus banderas ondean
desde Yale a Princeton, y las nuevas
de Broadway a las Críticas de Libros
son muy graves.
Sus Homeros radiofónicos el día entero
en una canción sobresaturada de Whitman
que no escande,
con adjetivos puestos uno tras otro,
ensalzan la rosquilla y elogian
al Hombre de a Pie.
Suyo, también, cada engendro lírico de andar por casa
sobre el deporte o el amor conyugal o la primavera
o los perros o los guardapolvos,
inventado por algún bardo del palacio de justicia
para que lo reciten por yardas
en soflamas obstruccionistas.
A él se remontan las arengas dignas de premio
y las series de variaciones de fuga
en alguna balada tradicional,
mientras los dietistas sacrifican
un vaso de zumo de ciruela o una buena
ensalada de malvavisco.
Cargadas con su mezcolanza de sexo
sensacional aderezada con algún asunto religioso
no sectario,
enormes novelas de alumnas de colegio mixto
llueven sobre nuestras cabezas indefensas
hasta que nos castañetean los dientes.
En falsos uniformes Herméticos
tras nuestras líneas de batalla, en enjambres
que siguen relumbrando,
sus existencialistas declaran
estar sumidos en la más absoluta desesperación
y aun así siguen escribiendo.
Da igual; se le desafiará;
la blanca Afrodita está de nuestra parte:
¿qué salvo su amenaza
de organizarnos se torna más apremiante?
Zeus mediante, nosotros, los apolíticos,
aún lo derrotaremos.
Eruditos solitarios que refutan parapetados tras los muros
de doctas publicaciones
defienden nuestros hechos,
nuestros infantes de marina intelectuales,
desembarcando en pequeñas revistas,
capturan una tendencia.
Por la noche nuestro Submundo estudiantil
en cócteles pasa entre susurros la voz
de oído a oído;
peces gordos a los ojos de la opinión pública
se vienen abajo a la mañana siguiente, emboscados por
algún ingenioso menosprecio.
En nuestra moral debe estribar nuestra fuerza:
así que, para que podamos ver por fin
los batallones encaminados
de Apolo desvanecerse como la niebla,
hay que ceñirse bien al Decálogo Hermético,
que reza así:
No harás lo que plazca al decano,
no escribirás tu tesis de doctorado
sobre la educación,
no adorarás proyectos ni
tú o los tuyos os doblegaréis ante
la administración.
No responderás a cuestionarios
ni a encuestas sobre asuntos internacionales,
ni en conformidad
pasarás ningún examen. No compartirás
mesa con estadistas ni cometerás
ciencia social alguna.
No mantendrás buenas relaciones
con tipos en empresas de publicidad,
ni hablarás con quienes
leen la Biblia por su prosa,
y, sobre todo, no harás el amor con quienes
se lavan más de la cuenta.
No vivirás de acuerdo con tus posibilidades
ni a base de agua y verduras crudas.
Si debes elegir
entre las posibilidades, opta por la más remota;
lee The New Yorker, confía en Dios;
y adopta puntos de vista limitados.