País Poema

Autores

wystan hugh auden

arqueología

La pala del arqueólogo
hurga en aposentos
abandonados mucho tiempo atrás,
desenterrando indicios
de modos de vida que nadie
soñaría llevar ahora,
acerca de los cuales no tiene mucho
que decir que pueda demostrar:
¡qué afortunado!
Es posible que el conocimiento tenga sus fines,
pero suponer es siempre
más divertido que saber.
Sabemos que el Hombre,
por miedo o cariño,
siempre ha dado sepultura a Sus muertos.
Lo que provocó el desastre en una ciudad,
efusión volcánica,
atropello fluvial,
u horda humana,
en pos de esclavos y gloria,
salta a la vista,
y estamos casi seguros de que,
en cuanto se construyeron los palacios,
sus soberanos,
aunque empachados de sexo
y atemperados a fuerza de halagos,
a menudo debieron de bostezar.
¿Pero significan los graneros
un año de hambruna?
Allí donde se extingue
una serie de monedas, ¿debemos inferir
alguna enorme catástrofe?
Tal vez. Tal vez.
A partir de murales y estatuas
tenemos un atisbo de lo que
adoraban los Antiguos,
pero no podemos conjeturar
en qué situaciones se sonrojaban
o se encogían de hombros.
Los poetas nos han enseñado sus mitos,
¿pero cómo se los tomaban Ellos?
Eso sí que es un galimatías.
Cuando los noruegos oían truenos,
¿de verdad creían
que eran los martillazos de Tor?
Yo diría que no: juraría
que los hombres siempre han tenido los mitos
por Cuentos Chinos,
que su auténtico fin
ha sido ofrecer excusas
para actos rituales.
Solo en los ritos
podemos renunciar a nuestras rarezas
y recuperar de veras la integridad.
No es que haya que tener en la misma estima
todos los ritos:
los hay abominables.
Nada hubiera agradado menos
al Crucificado
que una carnicería para aplacarlo.