La nieve, menos intransigente que su mármol,
ha legado la defensa de la blancura a estas tumbas,
y todos los charcos a mis pies
acomodan ahora el azul, se hacen eco de las nubes que acontecen
al cielo, y cualquier pájaro o doliente que apostille el momento
pasajero, ellos lo repiten.
Mientras las rocas, bautizadas en honor a espacios singulares
en los que vagaban imágenes antaño que
a todos ofendieran e hicieran temblar,
permanecen aquí con una inocente quietud, marcando cada una
el lugar donde otra serie de errores perdió su singularidad
y la novedad tocó a su fin.
¿Para quién fueron de veras ventajosas transacciones semejantes,
cuando se cambiaron por árboles mundos de reflexión?
¿Qué ocasión de vida puede
ser justa para el ausente? El mediodía no piensa sino en sí mismo,
y la pequeña piedra taciturna, que es el único testigo
de un hombre genial y hablador,
no tiene más juicio que mi sombra ignorante
de comparaciones odiosas o relojes lejanos
que retan e interfieren
con la instantánea lectura del tiempo que hace el corazón, el tiempo que ya no es
un cálido enigma para ti a quien
rindo mi privada ovación,
mientras permanezco despierto en nuestra estructura solar,
esa máquina primordial, la tierra, que presuponen
gendarmes, bancos y aspirinas,
en la que los torpes y los tristes pueden tomar asiento, y cualquiera que quiera
dar su consentimiento a lo hermoso, el lugar común
del Maestro y la rosa,
¿no te bendeciré especialmente cuando, confuso con
mis preguntillas inferiores, permanezco
sobre la cama donde descansas,
tú que abriste brazos tan apasionados ante tu Bon[*]cuando se abalanzó
hacia ti con Sus arrolladoras razones suplicando
plenamente hermosas en Su pecho?
Con qué inocencia se sometió tu mano
a esas reglas formales que ayudan al niño a jugar,
mientras tu corazón, escrupuloso cual
monja remilgada, siguió fiel a la rara nobleza
de tu lúcido don y, por su amor, hizo caso omiso de la
resentida Masa murmuradora,
cuyo odio rumiante contra todo lo que no puede
simplificarse o robarse sigue desatado:
no hay muerte capaz de aplacar su ansia
de vilipendiar el paisaje de la Distinción y ver
el corazón de lo Personal abocado a una parada sistólica,
el Alto a polvo reducido.
Protégeme, Maestro, de su imprecisa incitación;
tuya es la imagen disciplinaria que me refrena
del error agradable
y de las garras del turbulento Desorden, no sea que la Proporción
derrame el frío alpino de su menosprecio editorial
sobre mi libre canción improvisada.
Todos seremos juzgados. Maestro del matiz y el escrúpulo,
ruega por mí y por todos los escritores, vivos o muertos:
porque hay muchos cuyas obras
son de mejor gusto que sus vidas, porque es infinita
la vanidad de nuestra vocación, intercede
por la traición de todos los escribanos.