Amor, aunque la noche se ha ido,
su sueño aún ronda el día,
que nos trajo a una habitación
cavernosa, elevada como
una terminal de ferrocarril,
y abarrotadas en esa penumbra
había camas, y nosotros en una
yacíamos en un rincón alejado.
Nuestro susurro no despertó reloj alguno,
nos besamos y me alegré
de todo lo que hacías,
indiferente a quienes
estaban sentados con ojos hostiles
por parejas en cada cama,
sus brazos en torno al cuello del otro,
inertes y vagamente tristes.
De qué oculto gusano de culpa
o de qué duda maligna
soy víctima,
que tú entonces, impertérrito,
hiciste lo que nunca hubiera deseado,
confesaste otro amor;
y yo, sumiso, acusé
el rechazo y me marché.