Al fin se ha aireado el secreto, como siempre debe ocurrir al cabo,
madura está la deliciosa historia para contársela al amigo íntimo;
entre las tazas de té y en la plaza la lengua se sale con la suya;
las apariencias engañan, querida, donde hay humo hay fuego.
Tras el cadáver en el depósito, tras el fantasma en la encrucijada,
tras la señora que baila y el hombre que bebe como un poseso,
bajo el aspecto de cansancio, el ataque de migraña y el suspiro
siempre se oculta otra historia, hay más de lo que parece.
Pues para la voz limpia que de súbito canta, allá arriba en el muro del convento,
el aroma de los arbustos añejos, las huellas caballerosas en el vestíbulo,
los partidos de croquet en verano, el apretón de manos, la tos, el beso,
siempre hay un pícaro secreto, una razón íntima para ello.