la torre
¿Qué haré con esto que es absurdo
–oh corazón, turbado corazón–, esta caricatura,
esta edad decrépita que me ha atado
como un palo a la cola de un perro?
Nunca tuve más viva, apasionada,
fantástica imaginación que ahora,
ni sentidos capaces de aceptar lo imposible,
ni siquiera en la infancia, cuando con caña y mosca,
o con el humilde gusano,
trepaba las laderas del Ben Bulben
con un día eterno de verano por delante.
Parece que ahora debo despedir a la Musa,
cultivar la amistad de Platón y Plotino
hasta que la imaginación y los sentidos
puedan hallar contento en el debate,
convivir con abstracciones; o bien sufrir la burla
de un abollado caldero en los tobillos.