la maldición de adán
Nos sentamos juntos al final de un verano:
esa hermosa y dulce mujer, tu amiga cercana,
nosotros dos, y hablamos de poesía.
Horas enteras puede llevarnos una línea;
pero si no parece algo inmediato,
todo el tramar y destramar fue en vano.
Más vale ponerse de rodillas
y fregar la cocina, o partir piedras
como un viejo indigente en cualquier clima;
porque articular sonidos delicados
es trabajo más arduo que cualquiera.
Nos sentamos silenciosamente en nombre del amor;
vimos morir las últimas brasas del día,
y en el tembloroso azul verdoso del cielo:
una luna, desgastada como un caparazón
lavado por las aguas del tiempo, arriba y abajo,
entre las estrellas, rompiéndose en años y días.
Tuve pensamientos solo para tus oídos:
que eras hermosa, y que me esforcé
por amarte en la vieja forma superior del amor;
que todo parecía feliz y, sin embargo, que habíamos crecido,
con el corazón tan cansado como esa luna hueca.