un sueño
Escuché a los perros aullar en la noche de luna;
fui a la ventana para observar la vista;
todos los muertos que había conocido
marchaban uno a uno y de dos en dos.
Así fueron pasando;
vecinos todos, desde el primero hasta el último;
nacidos a la luz de la luna del camino,
apagados nuevamente en la espesa sombra.
Compañeros de escuela, marchando como cuando jugaban
a los soldados, pero ahora más serios;
esos eran los más extraños para mí,
los que se ahogaron, lo sabía, en el terrible mar.
Gente recta y atractiva, encorvada y débil también;
algunos a los que amé, y jadeaba por hablarles;
algunos con solo un día en el cementerio;
algunos desconocidos también estaban muertos.
Una larga, larga muchedumbre, donde cada uno parecía solitario,
pero de todos había una, solo una,
que levantó la cabeza y miró en mi dirección;
se demoró un momento, puede que no se quedara.
¡Cuánto tiempo pasó desde que vi ese rostro pálido!
¡Ah! Madre querida! ¡Ojalá pudiera poner mi cabeza en tu pecho,
solo un momento para descansar,
mientras tu mano recorre mi llorosa mejilla!
Seguían adelante, seguían, un puente móvil
que cruzaba la corriente de la luna, de sombra en sombra,
jóvenes y viejos, mujeres y hombres;
muchos olvidados por mucho tiempo, pero recordados entonces.
Y entonces vino una risa amarga;
un sonido de lágrimas un momento después;
y luego una música alta y alegre.
Esa noche temprana, día a día,
me esfuerzo por recordar si puedo.