miedo
Sé dónde se esconden
los ojos del miedo;
yo, solo yo,
sé desde dónde me observan
las sombras,
y me acecha el miedo.
Siempre está quieto
y oscuro, a pesar
de todo el canto
y la luz de las velas,
siempre está frío
y es de noche.
Me toca;
me dice en voz baja:
No te muevas, ni susurres,
mientras me aproximo;
camina sin hacer ruido,
que estoy cerca.
Me conduce
como el perro a la oveja;
como una fría piedra
no puedo llorar.
Me levanta
del sueño tibio
con sus manos de mármol
hasta lo más alto,
donde la horrorosa gema
de su ojo
me desafía a luchar
o a llorar.
Ningún pecho
en el que ahuyentar
esa forma vigilante.
Vano, en vano decir:
No persigas el día
con la noche.