muerte, a los muertos para siempre
Muerte, a los muertos para siempre,
un Rey, un Dios, el último, el mejor de los amigos.
Cuando este viaje mortal termina,
la Muerte, como una anfitriona, viene sonriendo a la puerta;
y sonriendo nos saluda, en esa tranquila costa
donde ni el pájaro ni el amanecer
perturban el sueño eterno,
en cuya retraída quietud descansamos eternamente.
Desde las ventanas abiertas miramos
a la estrella nocturna asediada
por el rocío, constantemente mojada;
porque en esta estridente vida los espíritus son iguales.
¡Y he aquí!, como una ciudad dormida la muerte se extiende,
sobrevuela donde respiran los durmientes;
después de las guerras, los triunfos, las trompetas,
las lágrimas y el clamor de las pasiones,
aparece la Muerte, y debemos irnos con ella.
Pronto los ojos se cansan de la luz del sol;
pronto los oídos se fatigan, pues todo se ha dicho;
pronto, atormentada por esperanzas y temores,
la cabeza, llena de piedad e inquietud,
agotada de todas las cosas, fatigada de los años;
de nuestros espíritus tristes que añoran a los muertos;
se vuelve hacia el niño cansado, el cuerpo, que anhela el descanso.