País Poema

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robert frost

mi mariposa

Tus amadas flores están muertas,
y el loco sol asaltante
que tanto te ha atemorizado,
ha huido o está muerto:
sólo yo estoy a salvo
(¡aunque eso no te entristezca!)
sólo yo estoy a salvo,
no ha quedado nadie para llorarte en los campos.
La hierba gris no está moteada con nieve;
sus diques no se han cerrado sobre el río,
pero hace ya mucho tiempo,
—pareciera que eternamente—
desde que te vi por primera vez,
con todas las otras deslumbrantes,
en danzas aéreas,
precipitándose al amor,
impulsadas, enredadas, girando y girando,
como una lánguida corona de rosas en el baile de las hadas.
Cuando aquello fue, la suave niebla
de mi pesar no se posó sobre la tierra,
y estaba contento por ti,
y contento estaba por mi, anhelante.
Tú no sabías quién trastabillaba, paseando en lo alto,
el destino te hizo para el placer del viento,
con aquellas alas inadvertidas.
Tampoco yo lo sabía.
Y otras cosas había:
parecía que Dios te hubiese dejado aletear desde su gentil abrazo:
luego, temeroso, te dejó partir
mucho más allá de él para reunirse,
arrebatándote, sobre la ansiedad, con descortés asimiento.
Ah, recuerdo cómo alguna vez
la conspiración era algo común en mi vida;
su languidez, la afición al sueño;
surgiendo los pastos dieron vértigo a mi pensamiento,
la brisa trajo tres olores,
y una flor de gemas se agitaba en una rama.
Entonces, cuando estaba perturbado
y no podía hablar,
al lado del camino, rellenos mis cachetes,
¡qué podría arrojar aquel temerario céfiro
sino el toque salvaje de tu ala de polvo!
Hoy encontré rota esa ala.
Porque te habrás muerto, dije,
y los pájaros extraños dicen.
La encontré con las hojas marchitas
bajo los aleros.