En las proximidades de Borneo
Pigafetta encontró
árboles cuyas hojas al caer se animaban.
Muy extrañas las hojas
con su pecíolo corto,
puntiagudo
y cerca del pecíolo, en ambos lados,
tenían sus dos pies.
Anotó que escapaban al tocarlas
aunque al partirlas no les salía sangre.
Guardó una por más de siete días
y cuando abrió la caja
sintió que se paseaba alrededor.
Opinó que vivían del aire.
Le debo al caballero Pigafetta
esa nostalgia.