-Dime: ¿por qué suspiras,
bendita madre,
cuando de regocijo
tiemblan los aires?
Di: ¿por qué lloras?
¿No oyes que las campanas
tocan a gloria?
¡Oh! Dejadme que llore…
Dejad que muera…
¡Al hijo de mi vida
ya se lo llevan!
¿No veis mi duelo?
¿No oís que las campanas
tocan a muerto?
-Tu pobre niño enfermo
triste gemía
ayer entre tus brazos,
madre bendita…
¡Y hoy ya no llora!…
¡Hoy por él las campanas
tocan a gloria!
-¡Ah! Sí… Su alma de ángel
allá me espera…
Pero su cuerpo hermoso
yace en la tierra…
Ya no le veo…
¡Para él tocan a gloria!
¡Para mí, a muerto!