País Poema

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marcela de san félix

otro al niño jesús; comento

Las doce son de la noche,
Niño Dios, y no dormís.
Si es amor, ¡ay Dios, qué dicha!
Si son celos, ¡ay de mí!
Bien pueden mis graves culpas
y descuidos presumir
que esos desvelos os causan,
porque como amáis, sentís.
Si a tantas finezas vuestras,
tanto esperar y sufrir,
corresponde mi bajeza
siempre ingrata y siempre vil,
si el nacer en un pesebre,
si el padecer y morir
no han mi dureza ablandado,
no hay más que hacer ni decir.
¡Ay dulce Niño del alma!
¡Y cómo fuera feliz
si supiera agradecer
para acertar a servir!
¡Oh, cómo vivo engañada
si de amaros presumí!
Pues no he dado el primer paso
en aborrecerme a mí.
Vanísimas son las quejas
cuando no las doy de mí,
pues no puedo yo quejarme
sino porque os ofendí.
¡Cuántas veces a mis puertas
esperáis y me pedís
que os abra, que del rocío
todo cubierto venís!
Y yo, villana y grosera,
no lecho florido os di,
antes sorda y descortés,
nunca despierta os abrí.
Bien podéis, Niño del alma,
estar quejoso de mí,
pues pago con ingratitudes
cuanto de vos recibí.
Cuantas palabras os doy
de empezar y proseguir
a serviros más perfecta,
todas son vanas al fin.
Mas ya que con tanta gracia
ya lloráis y ya reís,
ríame yo de esta vida,
y llore el que os ofendí.