Jamás salidos en el mar de oriente
de blancas conchas los preciosos granos
(por más que adornen sienes de tiranos,
o de alguna cruel la hermosa frente),
tuvieron el lugar que amor consiente
que hoy mis lágrimas tengan por sus manos;
es tal, que de los dioses soberanos
fue visto y envidiado dignamente.
La misma Venus las recoge, e hizo
entre ardientes rubís divino adorno,
el cual tejió con sus cabellos largos.
Vióse, y tanto de sí se satisfizo,
que a vencer se atreviera sin soborno,
aunque juzgaran Menéalo y Argos.