En tenebrosa noche, en mar airado,
al través diera un marinero ciego
de dulce voz y de homicida ruego,
de sirena mortal lisonjeado,
si el fervoroso celador cuidado
del grande Ignacio no ofreciera luego,
farol divino, su encendido fuego
a los cristales de un estanque helado.
Trueca las velas el bajel perdido,
y escollos juzga que en el mar se lavan,
las voces que en la arena oye lascivas;
ves el puerto, altamente conducido
de las que para norte suyo estaban
ardiendo en aguas muertas llamas vivas.