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ludovico ariosto

orlando furioso - canto 09

¿Qué no será capaz de hacer un corazon á quien haya rendido el pérfido y cruel Amor, cuando este fué causa de que Orlando diera al olvido la lealtad que á su señor debia? Hasta entonces habia sido prudente, respetuoso y acérrimo defensor de la santa Iglesia; más ahora, enloquecido por una insensata pasion, ni se cuida de Dios, ni de su tio, ni siquiera de sí mismo. Por mi parte no puedo menos de excusarle, y hasta me halaga tener tal imitador de mi principal defecto; pues tambien yo soy descuidado y refractario al bien, mientras que corro dispuesto y ágil tras aquello que me perjudica.
Cubierto con su negra armadura abandonó Orlando á Paris, dejando allí sin sentimiento á sus muchos amigos, y se dirigió hácia donde los soldados de España y África estaban acampados, ó mejor dicho, donde estaban guarecidos bajo los árboles, y restos de tiendas, formando grupos de veinte, diez, ocho, siete y hasta cuatro guerreros; pues hasta tal extremo los habia diseminado la lluvia. Más ó menos distantes entre sí, ninguno podia entregarse á su satisfaccion al descanso, y dormian apoyados en el codo ó tendidos en tierra. En aquella ocasion propicia le hubiera sido muy fácil al conde exterminar impunemente un gran número de adversarios; pero no quiso desenvainar su Durindana.
Llevado de la nobleza de su corazon, se resistió á acuchillar á sus enemigos dormidos, y se puso á buscar por todas partes las huellas de su amada. Si encontraba alguno despierto, le daba las señas de Angélica, y le suplicaba por favor que le indicase el sitio donde podria encontrarla. Luego que fué de dia, recorrió todo el campamento sarraceno, lo cual pudo efectuar sin riesgo alguno, merced á la arábiga armadura de que iba revestido, así como á sus conocimientos en el idioma africano que hablaba con tanta perfeccion, que se le hubiera creido nacido y educado en Trípoli.
Sus minuciosas pesquisas le detuvieron tres dias en aquel campo, sin conseguir resultado alguno: despues, no solo fué registrando todas las ciudades y pueblos de Francia y sus distritos, sino que examinó cuidadosamente hasta la más apartada aldea de la Auvernia y la Gascuña, y continuó sus exploraciones desde la Provenza hasta los confines españoles.
Cuando Orlando empezó su peregrinacion era la época en que termina Octubre y empieza Noviembre; la estacion en que los árboles se ven despojados de sus hojas, y van poco á poco descubriendo sus ramas hasta que quedan desnudos del todo; esa estacion en que los pájaros se dirigen formando compactas y numerosas bandadas en busca de climas más templados. Transcurrió todo el invierno sin que el enamorado guerrero cesara en su tarea, y en ella le sorprendió todavia la primavera.
Pasando un dia, segun su costumbre, de uno en otro país, llegó á la orilla de un rio que separa la Normandia de la Bretaña, y sigue tranquilo su curso hácia el vecino mar; pero entonces, aumentado su caudal con los deshielos y las filtraciones de las montañas, se precipitaba crecido y lleno de blancas espumas, despues de haber arrastrado en su violencia el puente que ponia en comunicacion á una y otra provincia. Empezó el paladin á examinar aquellos contornos para ver si encontraba un medio de pasar á la otra orilla, cosa bastante difícil no siendo pez ni ave, cuando descubrió una barquilla que bogaba en su demanda, en cuya popa se veia sentada una doncella, la cual le dió á entender por medio de señas que se dirigia hácia él. Aguardó en consecuencia, el arribo de la navecilla; pero esta no llegó á tocar la tierra, por cuidar sin duda la que la gobernaba de que nadie se embarcara contra su voluntad. Orlando le rogó que le recibiese á bordo y le trasladase á la orilla opuesta; mas ella le contestó:
—Aquí no pone nadie el pié, sin que antes me prometa bajo su fé de caballero acceder á mi demanda, aceptando el combate más justo y más honroso del mundo. Por lo tanto, caballero, si es que deseais valeros de mí para saltar en la otra orilla, prometedme que antes de terminar el mes próximo, iréis á uniros al rey de Hibernia, que en este momento reune una fuerte armada para destruir la isla de Ebuda, la más cruel de cuantas el mar rodea.—Sin duda sabreis, que más allá de la Irlanda existe, entre otras muchas, una isla llamada Ebuda, cuyos habitantes, obedeciendo á una ley bárbara, van de costa en costa apoderándose de cuantas mujeres les es posible para ofrecerlas despues como alimento á un animal voraz que, saliendo del mar diariamente, encuentra siempre una doncella que devorar. Tambien reciben numerosas cautivas de los corsarios ó de los mercaderes de esclavas que merodean por los mares, muchas de ellas hermosísimas. A una por dia, ¡podeis calcular cuántas jóvenes habrán perecido ya! Si en vuestro corazon se alberga la piedad; si no sois rebelde al amor, no dudo que os apresurareis á reuniros á aquellos guerreros que aperciben en este momento sus armas para tan noble cuanto humanitario objeto.
Aun no habia acabado la dama de pronunciar estas palabras, cuando ya Orlando le juraba ser el primero en aquella empresa, como quien no puede oir hablar de una accion inícua é infame, obligándole la indignacion á interrumpir su relato. Lo que acababa de saber le hizo pensar y temer que Angélica hubiera caido en manos de aquella gente; pues de otro modo no era posible que no obtuviera indicio alguno de su existencia, despues de haberla buscado por tantos sitios. Preocupóle de tal modo esta idea, que haciéndole olvidar su intento, determinó navegar hácia la isla cruel con toda la velocidad que le fuera posible; y antes de que traspusiera un nuevo sol el horizonte, se embarcó en un bajel que pudo proporcionarse en Saint-Maló, y desplegadas las velas, pasó por la noche junto al Monte de San Miguel, dejó á la izquierda á Saint-Bricue y Landriglier, y fué costeando las extensas playas de Bretaña virando despues hácia las blancas arenas que dieron á la Inglaterra su antiguo nombre de Albion; pero de repente cesó de soplar el viento Sur, y el Aquilon y el Poniente se desataron con tal fuerza, que hubo necesidad de arriar todas las velas y virar en redondo, de suerte que en un solo dia perdió la embarcacion el camino que habia hecho en cuatro, y gracias á la experiencia y presencia de ánimo del piloto que procuró correr la tempestad en alta mar, no se estrelló contra las rocas como un frágil vidrio.
Despues de cuatro dias de soplar furiosamente, aplacó el viento su impetuosidad, y entonces pudo el bajel entrar en la desembocadura del rio que corre junto á Amberes. Apenas entró en ella el fatigado piloto con su bajel averiado, y consiguió echar el ancla en una lengua de tierra que se extendia en la orilla izquierda de aquel rio, cuando se vió aparecer un anciano de avanzada edad, á juzgar por sus blancos cabellos, el cual saludó á todos con la mayor cortesía; despues se dirigió al Conde en la creencia de que era el jefe de aquella gente, y le rogó de parte de una doncella sumamente bondadosa y afable además de hermosa, que se dignase ir á visitarla ó le concediera una entrevista á bordo de la nave, adonde ella acudiria, añadiendo que ninguno de cuantos caballeros errantes habian llegado á aquel país se habia resistido á conceder tal favor, pues todos, bien arribaran por mar ó por tierra, se habian apresurado á tener una entrevista con la jóven, y á darle los consejos que más convenientes creian en su situacion apurada y cruel.
Orlando, al oir esto, saltó en tierra sin detenerse un momento, y en su calidad de galante al par que humanitario caballero, siguió en pos del anciano. Condújole este á un palacio, en cuya escalera esperaba una dama, enlutada exterior y tambien interiormente, á juzgar por las señales de dolor impresas en su semblante; las galerías, las cámaras y los salones del palacio, todo estaba cubierto asimismo de negros paños. Aquella dama, despues de haber dispensado á Orlando la más benévola y honrosa acogida, le rogó que tomara asiento, y le dirigió la palabra en estos términos:
—Debeis saber, caballero, que soy hija del conde de Holanda. Aun cuando no fuí su única descendiente, pues tuve otros dos hermanos, me amaba mi padre con tal ternura, que jamás se opuso á mi menor deseo. Tranquila y feliz transcurria mi existencia, cuando llegó un noble personaje á nuestro país. Era duque de Zelanda, y se dirigia á Vizcaya á pelear contra los moros. Su extremada gentileza, su edad juvenil, y sobre todo mi corazon, vírgen aun de todo amor, hicieron que me prendara de él fácilmente, con tanto mayor motivo, cuanto que creia y creo, y creo creer la verdad, que á su vez me amaba y me ama con sinceridad completa.
»Aquellos dias que le retuvieron á mi lado los vientos, contrarios para los demás y para mí propicios (pues cuando para los otros fueron cuarenta, á mí me parecieron un momento, segun la velocidad con que transcurrieron), los pasamos entretenidos en amorosos coloquios, y prometiéndonos mútuamente encender la antorcha de himeneo con toda solemnidad en cuanto él regresara de la guerra.
»Apenas se habia separado de nosotros Bireno, que así se llama mi leal amante, cuando el rey de Frisia, cuyo reino está separado de nuestros estados por ese rio, formó el proyecto de casarme con su hijo único, llamado Arbante, y envió en su consecuencia á Holanda los principales caballeros de su corte, con el encargo de pedir á mi padre mi mano. Yo que no podia faltar á la fé jurada á mi amante, y que aun cuando lo intentara, el amor no me hubiera permitido corresponder á su lealtad con tan negra ingratitud, me decidí á desbaratar aquella negociacion, próxima á realizarse, y dije terminantemente á mi padre, que preferia la muerte á desposarme con el príncipe de Frisia. Mi buen padre, que no tenia otra voluntad que la mia, no quiso contrariarme, y dispuesto á enjugar el llanto que yo derramaba, retiró la palabra dada á los enviados del rey vecino, rompiéndose por lo tanto las negociaciones entabladas.
»Fué tal el despecho que causó este resultado al orgulloso rey de Frisia y tanta su cólera, que invadió la Holanda y empezó la guerra infausta, ocasion de la muerte de todos los mios. Además de estar dotado aquel monarca de un vigor y una fuerza cual no se ven otras en nuestra edad, y de que era tal su habilidad en hacer daño y tan consumada su astucia, que ni el ingenio, ni la audacia, ni la misma fuerza podian resistirle, hacia uso de un arma completamente desconocida de los antiguos y aun de los modernos, excepto él. Esta arma consiste en un hierro hueco, de unas dos brazas de longitud, en cuyo interior coloca ciertos polvos y una bala. Hácia la parte posterior de aquel tubo, y por donde está cerrado, toca con una mecha encendida un respiradero apenas perceptible, del mismo modo que el médico suele tocar el sitio por donde se ha de ligar una vena, y entonces sale la bala con un estrépito semejante al de un trueno, y abrasa, abate, hiende y destroza cuanto toca, siendo sus efectos tan destructores como los del mismo rayo.
»Con este ardid infame consiguió derrotar dos veces á nuestro ejército, y dar muerte á mis hermanos: en el primer encuentro, sucumbió el mayor con el pecho traspasado por una bala que le atravesó la coraza; en el combate siguiente, pereció el segundo mientras iba huyendo, por haberle alcanzado otra bala que le entró por la espalda y le salió por el pecho. Defendiéndose otro dia mi padre en el único castillo que le quedaba, por haberle despojado su enemigo de cuanto poseia, fué muerto del mismo modo; pues en ocasion en que iba de un lado para otro, atendiendo á todo y dando sus órdenes, recibió en medio de la frente un tiro fatal, dirigido por el traidor, que le estuvo apuntando desde léjos.
»Muertos mi padre y mis hermanos, y habiendo quedado yo por única heredera de la isla de Holanda, el rey de Frisia, que tenia deseos de fijar definitivamente la planta en mis estados, me hizo saber, así como á todos mis súbditos, que me otorgaria la paz con tal de que aceptara lo que antes rechacé y consintiera en ser esposa de su hijo Arbante. La respuesta que le dí fué inspirada, no tanto por el odio que sentia intensamente hácia él y hácia toda su inícua estirpe, que habian dado muerte á mi padre y mis dos hermanos, y saqueado, destruido é incendiado á mi patria, como porque no quise faltar á la promesa que habia hecho á Bireno de no casarme con nadie hasta su regreso de España. Así pues, le contesté, que el dolor que padecia me daba fuerzas para soportar otros ciento, y cuantos pudieran ocasionárseme, y que antes que acceder á su demanda, preferia la muerte, que me quemaran viva y esparcieran al viento mis cenizas.
»Mis súbditos procuraron apartarme de tal propósito, unos por medio de ruegos, y amenazándome otros con entregarme al príncipe, entregándole al mismo tiempo mis estados, antes de que mi obstinacion ocasionara la ruina de todos. Cuando vieron que tan inútiles eran sus ruegos como sus amenazas, y que seguia firme en mi resolucion, pusiéronse de acuerdo con el rey de Frisia á quien entregaron la fortaleza juntamente con mi persona, conforme habian dicho. El Rey portóse cortesmente conmigo, y prometió conservarme la vida y el reino, con tal de que torciera mi voluntad y diera la mano á su hijo Arbante. Al verme obligada á ceder á la fuerza, anhelé la muerte, que por lo menos me devolveria la libertad; pero el deseo de la venganza me estimulaba más que cuantas injurias habia recibido. Forjé en mi mente mil proyectos, y comprendí por último que el disimulo seria el partido mejor que en mi desesperada situacion abrazar pudiera; y decidida á adoptarlo, finjí que deseaba acceder á sus instancias, que no podian menos de serme gratas, y que, concediéndome su perdon, me uniera á su hijo.
»Persistiendo siempre en mis propósitos, escogí, entre los muchos servidores de mi padre, dos hermanos dotados de singular ingenio y de gran corazon, pero más aun de una lealtad á toda prueba, por haber sido criados en la corte, y haber vivido á nuestro lado desde su más tierna infancia; tan adictos á mi persona, que no hubieran titubeado en ofrecer su vida por salvarme. A ellos, pues, comuniqué mis designios, y como esperaba, ofreciéronme su incondicional ayuda. Uno de los dos pasó á Flandes, donde aprestó un bajel; al otro le conservé á mi lado en Holanda.
»En tanto que los extranjeros como los del país se preparaban para solemnizar mis bodas, llegó la noticia de que Bireno estaba reuniendo en Vizcaya una flota para venir á Holanda. Estos preparativos eran á consecuencia de un aviso que determiné enviarle por medio de un mensajero, apenas terminó la primera batalla en que fué derrotado y muerto un hermano mio; pero mientras Bireno procuraba reunir aquella armada, tuvo tiempo el rey de Frisia de conquistar todos nuestros estados. Mi amante, ignorando esta circunstancia, continuaba alistando bajeles y soldados; y teniendo conocimiento de ello el Rey frison, dejó al cuidado de su hijo los preparativos de nuestro casamiento; hízose despues á la mar con todos sus buques; salió al encuentro del Duque, y atacándole con ímpetu, quemó y echó á pique toda su flota, y le hizo prisionero. ¡Así lo tenia dispuesto el destino!
»Aun no habia llegado á mi noticia este desastre, cuando me ví obligada á casarme con el Príncipe, el cual quiso usar aquella misma noche de sus derechos de esposo. Yo habia ocultado detrás de las cortinas del lecho nupcial á mi fiel criado, que no se movió hasta que vió al Príncipe dirigirse á mí; y no teniendo paciencia para esperar á que este se acostara, se lanzó hácia él, y con brazo vigoroso le hendió de un hachazo la cabeza, arrancándole la vida y la palabra á un tiempo mismo: inmediatamente salté del lecho, y tuve valor para cortarle al cuello. Aquel príncipe mal nacido cayó á mis piés, como cae el toro bajo la maza del carnicero, vengándome así del inícuo rey Cimosco: este era el nombre del impío rey de Frisia, que habia sacrificado á mi padre y mis dos hermanos, y que para tener un pretexto de apoderarse de mis dominios, pretendia casarme con su hijo, con la intencion quizás de arrancarme tambien algun dia la vida.
»Antes de que se atravesara cualquier obstáculo, recogí cuantos objetos de valor hallé á mano, y en seguida mi compañero me descolgó por una ventana, atada á una cuerda, dirigiéndonos aceleradamente al sitio donde nos esperaba su hermano con la embarcacion que habia aprestado en Flandes. Desplegamos las velas, empuñamos los remos, y nos pusimos en salvo como á Dios plugo.
»No sé si pudo más en el rey de Frisia el dolor que le causara la muerte de su hijo, ó la ira que contra mí debió inflamarle, cuando regresó al dia siguiente al sitio testigo de mi venganza. Volvia orgulloso con la victoria alcanzada, y trayendo á Bireno cautivo; mas se encontró con un espectáculo funesto, cuando esperaba hallar bodas y festejos.
»Por algun tiempo atormentóle noche y dia el recuerdo de su hijo y su odio rencoroso contra mí; pero como el llanto no consigue devolver la vida á los muertos, y con la venganza se suele aplacar el odio, determinó unir aquella parte de su imaginacion consagrada á llorar la muerte del Príncipe con la que me dedicaba su furor, á fin de calcular los medios de que habria de valerse para apoderarse de mí y castigarme cruelmente. Por de pronto, mandó degollar, quemar vivos ó encarcelar á cuantos le habian indicado como partidarios mios ó que me habian prestado algun auxilio en mi empresa. Propúsose despues matar á Bireno para vengarse de mí, suponiendo que seria el sentimiento más cruel que pudiera causarme; pero reflexionando que mientras estuviera en su poder podria servirse de él como de un medio eficaz para hacerme caer en los lazos que me tendiera, le conservó la vida, imponiéndole sin embargo una condicion cruel y dura. Le dió un año de término, al fin del cual lo sacrificaria irremisiblemente, si antes no procuraba por fuerza ó por astucia, ó bien valiéndose de sus amigos y parientes y empleando todos los medios que estuvieran á su alcance, entregarme en sus manos: de modo que mi muerte era lo único que podia salvar su vida.
»Cuanto es humanamente posible hacer para conseguir su libertad, excepto entregarme en poder de mi enemigo, otro tanto he puesto por obra: poseia seis castillos en Flandes y todos los he vendido: parte de lo poco ó mucho que me han proporcionado estas ventas lo he invertido en sobornar á los guardianes de mi amante, por medio de personas astutas, para lograr su evasion, y la otra parte en incitar á los ingleses y á los alemanes á que tomaran las armas contra aquel tirano; pero mis emisarios, ya sea porque hayan cumplido mal con su deber, ó porque fueran inútiles sus esfuerzos, me han dado muchas palabras, pero ningun auxilio; y hoy me desprecian despues de haberme dejado arruinada. Entre tanto, está próximo á espirar el plazo fatal, que una vez terminado será causa de que no lleguen á tiempo ni la fuerza ni el dinero, y de que mi adorado esposo sufra la muerte más cruel.
»Por él han muerto mi padre y mis hermanos; por él me he visto despojada de mi trono: los pocos bienes que me quedaban y que constituian mi único sosten, los he disipado por sacarle de su prision; ya no sé qué partido tomar, como no vaya yo misma á entregarme á mi enemigo más cruel, y salvar de este modo su vida. Y puesto que nada me queda por hacer, y no encuentro otro medio de conseguir su libertad que ofrecer en su holocausto esta vida, me será grato hacerlo así con tal de que respeten la suya. Un solo temor me detiene, y es el de que no sabré hacer un pacto tan estudiado, que me asegure de que el tirano no ha de engañarme despues de haberme puesto bajo su poder. Temo que, despues de tenerme encarcelaba, y cuando me haya hecho sufrir los tormentos que se le antojen, no ponga, á pesar de todo, en libertad á Bireno, impidiéndome escuchar la expresion de su agradecimiento; temo que la rabia que le posee y su conciencia perjura le induzcan á no darse por satisfecho con mi muerte, y haga despues con Bireno lo mismo que tenga decidido hacer conmigo.
»Ahora bien; el objeto que me mueve á referiros mis desgracias, así como se las refiero á cuantos señores y caballeros llegan á este país, es únicamente el de ver si, hablando con tantos, hay alguno que me indique un medio para estar segura de que, una vez entregada en manos del traidor Cimosco, no retendrá este en su poder á Bireno; pues no quisiera que, despues de muerta yo, muriera él tambien. He rogado á algun guerrero que esté presente en el momento de entregarme al rey de Frisia; pero que me prometa bajo su fé que este cambio se efectuará de modo que mi presentacion coincidirá con la libertad de Bireno, de modo que cuando me inmolen, exhale contenta mi último suspiro, en la seguridad de que mi muerte habrá dado la vida á mi esposo. Hasta ahora, sin embargo, no he encontrado quien me dé su palabra de que, cuando me presente á Cimosco, no consentirá que este Rey se apodere de mí sin darme antes á Bireno; tanto es lo que todos temen aquellas armas contra las cuales de nada sirven las corazas, por fuertes y resistentes que sean.
»¡Ah, señor! Si vuestro valor corresponde á vuestro altivo semblante y hercúleo aspecto; si os es posible acompañarme ante el rey de Frisia, y sacarme de su poder en el caso de que no cumpla lo que promete, dignaos venir conmigo á ponerme en sus manos, y así no abrigaré el temor de que muera mi esposo en cuanto yo deje de vivir.»
Aquí dió fin la doncella á su razonamiento, frecuentemente interrumpido por el llanto y por los suspiros. Orlando, que estaba siempre dispuesto á acudir en auxilio de los desgraciados, se apresuró á contestar á la Princesa en breves palabras, pues era por naturaleza conciso, que haria mucho más de cuanto ella le pedia, y que se obligaba á socorrerla bajo su fé de caballero. Opúsose abiertamente á que se entregara en manos de su enemigo para librar á Bireno, asegurándole que mientras no le faltasen su espada ni su acostumbrado esfuerzo, él solo era bastante para salvar á entrambos.
Sin esperar á más, se pusieron aquel mismo dia en camino, aprovechando un viento propicio y una mar bonancible. Deseoso el paladin de llegar sin pérdida de tiempo á la isla de Ebuda, aceleró la marcha cuanto pudo. Un piloto hábil fué dirigiendo la maniobra, mientras atravesaron por uno y otro lado los numerosos estrechos que separan las islas de Zelanda, que fueron dejando tan pronto delante como detrás, hasta que al tercer dia desembarcó Orlando en Holanda; pero no permitió que saltara en tierra la Princesa, víctima del rey de Frisia, por haberse propuesto el guerrero hacer llegar á su noticia la muerte del pérfido monarca antes que desembarcara.
Encaminóse por aquella costa el paladin, completamente armado y cabalgando en un caballo tordo, nacido en Dinamarca, criado en Flandes, y más grande y fuerte que ligero. Orlando habia dejado en Bretaña su corcel, aquel Brida-de-oro tan corredor y de tan hermosa estampa, únicamente á Bayardo comparable. Llegó á Dordrecht, cuyas puertas estaban custodiadas por numerosa gente armada, ya por seguir la precaucion usada siempre, que nunca esta de más en un país recien conquistado, ya tambien por haber llegado poco antes la noticia de que se dirigia allí desde Zelanda un primo del caballero encarcelado, con una flota compuesta de bastantes buques y tropas de desembarco.
Orlando rogó á uno de los guardas que diera aviso al Rey de que un caballero andante deseaba medirse con él á espada y lanza; pero bajo la condicion, aceptada de antemano, de que, si el Rey vencia á su retador, le seria entregada la princesa que dió muerte á Arbante, pues la tenia depositada en un sitio próximo desde donde fácilmente la pondria en sus manos. En cambio esperaba del monarca la promesa de que, si era él el vencido, daria inmediatamente la libertad á Bireno, y le dejaria ir á donde mejor le pareciese.
El soldado desempeñó presuroso este encargo; mas Cimosco, para quien la virtud y la cortesía eran completamente desconocidas, concibió al instante una idea inspirada por el fraude, la traicion y el engaño. Parecióle que apoderándose de aquel guerrero, lograria tambien apoderarse de la dama que tan cruelmente le habia ofendido, si era cierto que la Princesa estaba en poder de aquel, y no habia comprendido mal el mensajero. Dispuesto á realizar este plan, hizo que treinta de sus soldados salieran por una puerta de la ciudad, opuesta á aquella donde Orlando le esperaba, los cuales despues de dar un largo rodeo, se colocaron á espaldas del Paladin. El traidor, en tanto, habia ido ganando tiempo con fútiles palabras y pretextos, y cuando vió que los treinta ginetes habian llegado al sitio convenido, salió él al frente de igual número de guerreros. Así como el diestro cazador suele rodear á la fiera que persigue, cercando el bosque en que se encuentra por todos lados, ó como el pescador de Volana circuye con prolongadas redes el espacio de mar donde va acorralando la pesca, del mismo modo procuró el rey de Frisia cerrar al caballero todos los caminos por donde pudiera escapar. Pretendia cojerle vivo, y estaba tan persuadido de la facilidad de su empresa, que no llevó consigo aquel rayo terrestre con que habia exterminado tanta y tanta gente, por no parecerle necesario en aquella ocasion, en que no se trataba de matar, sino de aprisionar. El rey Cimosco pretendió obrar entonces á la manera del cauto cazador de pájaros, que conserva vivos á sus primeros cautivos, á fin de que con sus juegos y sus reclamos atraigan mayor número de pájaros á sus redes; pero Orlando no era de los que se dejaban atrapar con facilidad, y en breve rompió el círculo en que le habian encerrado.
El Caballero de Anglante enristró su lanza contra el grupo más compacto de sus enemigos, y atravesó con ella á uno, luego á otro, y otro, pues no parecia sino que fueran de masa: hasta seis traspasó manteniéndolos enristrados en su lanza, y por no ser esta bastante larga para que cupiera en ella el cuerpo de otro hombre, quedó el séptimo fuera; pero tan mal herido, que no tardó en sucumbir. No de otra suerte procede el hábil arquero, cuando en las orillas de los canales ó de los fosos, dirije sucesivamente su flecha contra las ranas, que atravesadas por los costados ó por las espaldas, unas en pos de otras, pronto cubren la saeta de un extremo á otro. Orlando arrojó léjos de sí su cargada lanza, y desnudando el acero, se preparó á combatir contra sus demás adversarios.
Rota la lanza, empuñó aquella espada que jamás dió un golpe en vago, y cada uno de sus tajos ó estocadas hizo morder el polvo á un infante ó á un ginete: donde alcanzó su hoja terrible tiñó de rojo el azul, el verde, el blanco, el negro ó el amarillo. Entonces se arrepintió Cimosco de no haber llevado consigo el tubo de hierro y el fuego, precisamente cuando más los necesitaba, y con grandes voces y amenazas ordenó que se los trajeran; pero nadie le dió oidos, porque cuantos lograban refugiarse en la ciudad, no se aventuraban á salir de ella. Al ver el rey de Frisia la fuga de sus guerreros, se decidió á imitarles: corrió á la puerta y quiso alzar el puente levadizo; pero Orlando, persiguiéndole de cerca, no le dió tiempo para ello. Entonces el monarca volvió de nuevo las espaldas, dejando á su adversario dueño del puente y de ambas puertas, y huyó, adelantándose á todos en su carrera, merced á la velocidad de su corcel. Orlando no se dignó acometer á los miserables satélites de Cimosco: á este, y á nadie más, deseaba arrancar la existencia; pero su caballo era poco á propósito para la carrera, mientras que el del fugitivo parecia tener alas. Al revolver de una esquina desapareció á la vista del paladin; pero poco tardó en volver con nuevas armas, por haber conseguido que le llevaran el tubo de hierro y el fuego; y colocándose tras de una piedra, le esperó escondido, como el cazador, armado de su venablo y rodeado de sus perros, espera al fiero javalí, que en su destructora carrera troncha las ramas, derriba los peñascos, y por do quiera que levanta su orgullosa frente, parece que se hunda con estrépito la selva y que se conmueva el monte.
Cimosco estaba en su puesto, acechando el momento en que pasara el audaz Conde para hacerle pagar cara su osadía; cuando le divisó, aproximó el fuego al orificio del hierro, que instantáneamente despidió una viva llama, brillando por su parte posterior como un relámpago y estallando como un trueno por delante: retemblaron las murallas, estremecióse el terreno bajo las plantas del monarca, y en los cielos retumbó aquel sonido aterrador. El proyectil ardiente, que atraviesa y destroza cuanto encuentra á su paso y á nadie perdona, lanzó un estridente silbido, pero contra lo que esperaba aquel nefando asesino, no produjo efecto alguno. Bien sea por precipitacion, ó porque el mismo deseo de herir al Conde le hiciera errar la puntería; bien fuese porque el corazon, temblando como la hoja en el árbol, hiciera temblar á su vez las manos y los brazos, ó bien porque la bondad divina no permitió la prematura muerte de su fiel campeon, la bala fué á hundirse en el vientre del caballo, que cayó en tierra, de donde no se levantó más.
Cayeron en tierra el caballo y el caballero: el uno la oprimió con su peso; mas apenas la tocó el otro, cuando se levantó rápidamente, cual si la caida hubiese redoblado su vigor y aliento: y así como el líbico Anteo solia levantarse con más fiereza cada vez que tocaba la arena, así tambien, al levantarse Orlando, pareció que el contacto con el suelo habia aumentado sus fuerzas. El que haya visto alguna vez caer el fuego que Júpiter despide con horrible estrépito, y le haya visto además penetrar en un sitio cerrado que contenga carbon, azufre y salitre, donde apenas llega, apenas toca un instante, parece que se inflame, no solo la tierra, sino tambien el cielo, y arruina las murallas, y hiende pesados mármoles y hace saltar los peñascos hasta las estrellas, podrá formarse una idea del aspecto del Paladin al levantarse del suelo; aspecto tan terrible é iracundo, que haria temblar al mismo Marte en el cielo.
Sobrecogido de espanto el rey de Frisia, al contemplarle, volvió las riendas para huir; pero Orlando corrió en pos de él con más velocidad que la saeta disparada por la cuerda. Hizo entonces yendo á pié lo que antes no habia conseguido á caballo; pues le persiguió con una ligereza que excedia á toda ponderacion. Alcanzóle en breve, y de un solo tajo le hendió la cabeza hasta el cuello, tendiéndole exánime á sus piés.
De pronto circuló por la ciudad un nuevo rumor, un nuevo estrépito de armas. El primo de Bireno acababa de llegar con las tropas que traia de su país, y encontrando abiertas las puertas, entró en aquella ciudad tan aterrada por las hazañas de Orlando, que la recorrió toda sin hallar la menor oposicion. Ignorando la poblacion quiénes eran y qué querian aquellos guerreros, huyó desordenadamente; pero no bien echaron de ver algunos habitantes que los recien llegados eran de Zelanda, segun demostraba su traje y su lengua, desplegaron bandera blanca en señal de paz, y pidieron al jefe de aquel ejército que se pusiera á su frente, y les ayudara á castigar al rey de Frisia, que por tanto tiempo habia tenido á su Duque aherrojado en una prision. El pueblo habia sido siempre enemigo de Cimosco y de todos sus secuaces; porque habia dado muerte á su antiguo Señor, y más aun porque era injusto, impío y rapaz. Orlando se interpuso como amigo entre ambas partes, y consiguió que ajustaran las paces; unidos despues los dos ejércitos, no dejaron un solo frison con vida, ó por lo menos, que no fuese hecho prisionero.
En seguida, para no entretenerse en buscar las llaves de los calabozos, echaron abajo las puertas, y pusieron en libertad á Bireno, que con las frases del mayor reconocimiento, dió gracias á Orlando por la merced que acababa de hacerle. De allí se dirigieron juntos, y seguidos de muchos guerreros, al bajel en que estaba esperando Olimpia: este era el nombre de la dama á quien de derecho correspondia el dominio de aquella isla; de la afligida doncella, acompañada hasta allí por Orlando, la cual nunca hubiera pensado que el paladin hiciera tanto en su obsequio; pues se contentaba con alcanzar la libertad de su esposo á trueque de su existencia. El pueblo al verla prorumpió en aclamaciones y la reverenció hasta lo infinito.
Largo seria de referir las cariñosas muestras de amor que mútuamente se dieron Olimpia y Bireno; así como las repetidas acciones de gracias que á Orlando prodigaron los dos. El pueblo repuso á la princesa en el trono de sus padres, y le juró fidelidad. Olimpia confió el gobierno del Estado y aun de si misma á Bireno, á quien la habia ligado Amor con indisoluble lazo. Ocupando despues otros cuidados la atencion de Bireno, dejó á su primo por custodio de todas las fortalezas y demás dominios de la isla, pues habia formado el proyecto de volver á Zelanda llevando consigo á su fiel consorte. Pretendia además probar de nuevo la suerte de las armas contra los frisones, contando con una prenda que habia caido en su poder, para él de gran valor: era esta la hija de Cimosco, que habia quedado cautiva con un gran número de sus parciales, y á quien queria dar por esposa á un hermano suyo, menor de edad.
El Senador romano se alejó de aquel país el mismo dia en que rompió las cadenas de Bireno. Entre tantos despojos como habia conquistado, no quiso quedarse con nada más que con aquella arma que, segun he dicho, se asemejaba al rayo en sus efectos. Su intencion, al escojerla para sí, no habia sido la de utilizarla en su defensa, pues siempre tuvo por impropio de ánimo varonil acometer cualquier empresa con ventaja: su objeto fué el de arrojarla á un sitio desde donde jamás pudiera ofender á nadie, y á este fin, se llevó consigo los polvos, las balas y todo cuanto tenia relacion con aquella arma. En cuanto se halló en alta mar á una distancia tal que por ninguna parte se divisaba el menor indicio de las costas, la cogió y dijo:
—A fin de que ningun caballero pueda confiar en tí para ser audaz impunemente, y para que jamás llegue á vanagloriarse el perverso de haber triunfado del valor del bueno, queda aquí sepultada. ¡Oh invencion abominable y maldita, que fuiste fabricada en las profundidades del averno por mano del mismo Belcebú, dispuesto sin duda á esterminar el mundo por medio de tí; vuelve al seno de los infiernos de donde has salido!
Así diciendo, la arrojó al abismo.
Hinchadas las velas por un viento favorable, impelieron su bajel en demanda de la isla fatal. Tanto era el deseo que el Paladin tenia de saber si se encontraba en ella la mujer á quien amaba más que todo cuanto existia en el mundo, y sin la cual le era odiosa la vida, que temía tropezar con alguna nueva aventura si ponia el pié en Hibernia, y tener que arrepentirse luego de no haber acudido más presuroso. Así es que no hizo escala en Inglaterra, ni en Irlanda, ni en las opuestas costas. Pero dejémosle encaminarse á donde le envia el ciego rapaz, cuyas flechas le han atravesado el corazon: antes de proseguir su historia, quiero volver á Holanda, adonde os invito á que me acompañeis; pues no dudo que os desagradaria, como á mí, que las bodas se celebraran sin nosotros. Los preparativos de la fiesta eran espléndidos y suntuosos; pero no tanto, segun decian, como los de la que se proponian celebrar en Zelanda. No pretendo, sin embargo, que acudais á ella; porque surgirán nuevos incidentes que la interrumpan, cuyos pormenores sabreis en el canto siguiente, si es que quereis acudir á escucharlo.