Todos cuantos animales existen sobre la Tierra viven tranquilos y en paz, ó si entre ellos se origina alguna contienda, jamás el macho ataca á la hembra. La osa vaga segura por la selva con el oso; la leona descansa confiada junto al leon; la loba no abriga temor alguno hácia el lobo, como la vaca tampoco lo tiene al toro. ¿Qué abominable peste, qué Megera ha venido, pues, á turbar el corazon del hombre? ¿Por qué hemos de ver con frecuencia al marido prodigar los más injuriosos dicterios á su mujer, dejar impresas en su rostro las huellas de una mano atrevida, y hasta empapar en llanto, y no solo en llanto, sino en sangre derramada por una ira estúpida, el lecho nupcial?—Todo esto es en mí concepto criminal y punible; y por lo mismo jamás tendré por un ser humano, sino por un espíritu infernal revestido de forma humana, al que, rebelándose contra la naturaleza, ó contra Dios, hiere el rostro de una débil mujer ó le arranca un solo cabello, y mucho más al que le quita la vida, ya se valga del veneno, de la cuerda ó del acero.
Tales debian ser los dos ladrones puestos en fuga por Reinaldo, que habian conducido á aquella doncella hasta un valle tan sombrío y desierto con objeto de hacerla desaparecer de entre los mortales. La dejé en el momento en que se preparaba á referir á su salvador la historia de su desgracia; continuaré, pues, mi interrumpida narracion.
La jóven empezó á hablar de esta manera:
—Prepárate á oir el doloroso relato de una crueldad mayor que las que se cometieron en Tebas, Argos ó Micenas, ó en cualquier otro lugar célebre por los horrores que haya presenciado. Yo creo que si el Sol en su rotacion diaria acerca menos sus rayos vivificantes hácia este que hácia los otros paises, es porque le repugna llegar hasta nosotros, evitando en cuanto puede el ver gentes tan crueles. En toda época se han presenciado ejemplos de la crueldad que tiene el hombre para con sus enemigos; pero dar la muerte al que solo procura su bien y piensa continuamente en él, es además de injusto, impío. Mas dejando reflexiones aparte, te manifestaré desde luego la causa de que aquellos bandidos intentasen castigarme con el último suplicio, á pesar de mi edad juvenil, á fin de que conozcas la verdad entera.
»Niña era todavia, cuando entré al servicio de la hija del Rey, ocupando en la corte un puesto honroso y distinguido. Iba creciendo al par de mi señora, cuando el cruel Amor, envidioso de mi dicha, consiguió atraerme y sujetarme á sus leyes, haciendo que el Duque de Albania me pareciera el más gallardo de los caballeros y el más apuesto de los donceles. Juróme él amor sin límites, y yo le amé con toda mi alma, sin reflexionar en que por más que se escuchen las palabras y se contemple el rostro, no es posible juzgar lo que el corazon encierra. Creyendo y amando, me dejé seducir por él, sin reparar en que le recibia frecuentemente en la cámara predilecta de la bella Ginebra, donde ella guardaba sus más preciados objetos y donde dormia las más de las veces. Yo hacia que mi amante subiera á dicha estancia, colgando del balcon yo misma la escala por donde subia siempre que deseaba permanecer algun tiempo junto á él, lo cual sucedia tantas veces cuantas Ginebra me proporcionó la ocasion cambiando de cámara, molestada por el calor ó por el frio. Aquellas frecuentes ascensiones de mi amante pasaron siempre desapercibidas para los demás, porque hácia aquella parte del palacio habia algunas casas arruinadas, por donde no pasaba nadie ni de dia ni de noche.
»Por espacio de muchos dias y aun muchos meses continuaron en secreto nuestros desahogos amorosos; crédula yo y tan confiada en su cariño, que en mi corazon ardia cada vez con más fuerza el fuego del amor, el cual me cegaba hasta el extremo de no permitirme comprender que él fingia mucho y amaba poco, á pesar de que más de un indicio debiera descubrirme su proceder engañoso. Llegó, sin embargo, un dia en que tuvo el atrevimiento de revelarme que estaba enamorado de la bella Ginebra. Ignoro si empezó entonces este amor, ó antes de estar cansado del mio. Fácilmente comprendereis su arrogancia, y el imperio tan grande que ejercia sobre mi corazon, cuando os diga que no solo no le causó rubor alguno hacerme revelacion semejante, sino que me rogó le ayudara en su nueva amorosa empresa. Decíame, no obstante, que su naciente pasion no era tan verdadera ni igual á la que por mí sentia, sino que, fingiendo estar enamorado, esperaba contraer un legítimo himeneo. Parecíale cosa fácil obtener del Rey la mano de su hija cualquiera que fuese la voluntad de esta; pues en cuanto á posicion y estirpe no habia en todo el reino otro caballero más digno, despues del monarca.
»Procuró persuadirme que, si por mi auxilio llegaba á ser yerno del Rey, estando como estaba dispuesto á encumbrarse hasta donde con respecto á su rey le es dado encumbrarse á un súbdito, confesaria que me lo debia todo, y que jamás olvidaria tamaño beneficio; añadiendo por último, que su amor hácia mí seria siempre antes que su mujer y todo cuanto pudiera alcanzar.
»Yo, dedicada constantemente á satisfacer sus menores deseos, no supe ó no quise contradecirle nunca, teniéndome por verdaderamente feliz el dia en que podia complacerle: así es que, siguiendo sus insinuaciones, aproveché cuantas ocasiones se me presentaron de hablar de él y de encomiarle, no perdonando trabajo ni astucia alguna para conseguir que Ginebra correspondiese á la pasion de mi amante. Bien sabe Dios que hice cuanto me dictó mi corazon ó mi cabeza mientras me fué posible; pero nunca alcancé de Ginebra una respuesta satisfactoria para las aspiraciones del Duque; pues mi jóven señora tenia á su vez todos sus pensamientos y todos sus deseos cifrados en el amor que le inspiraba un caballero apuesto, gentil y cortés, que jóven aun, habia venido á Escocia desde Italia en compañia de un hermano suyo, con objeto de residir en esta corte. Aquel gallardo jóven adquirió pronto tal perfeccion en el manejo de las armas, que no habia otro que se le igualara en toda la Bretaña; el Rey le distinguia con su afecto, y tanto era así, que le hizo generosa y liberal donacion de castillos, villas y jurisdicciones, concediéndole además otras dignidades que le encumbraron al par de los principales nobles del reino.
»Si Ariodante, que tal era el nombre de aquel caballero, gozaba de la amistad del Rey por su maravilloso valor, no era menos querido de su hija; pero cuando esta conoció que el corazon del jóven ardia en vivo fuego por su amor, ni el Vesubio, ni el Etna, ni la misma Troya despidieron tantas llamas como el de la hermosa Ginebra.
»Esta pasion tan sincera como leal hizo que mi Señora se manifestara siempre insensible á mis instancias con respecto al Duque, y que jamás me diese una respuesta que pudiera infundirle la más mínima esperanza; así es que cuanto más reiteradas eran mis súplicas en favor de mi amante, y con más entusiasmo abogaba por él, más le censuraba y aun le despreciaba ella, y mayor enemistad sentia hácia él. Con frecuencia aconsejé á mi amante que abandonase tan vana empresa, por no ser posible reducir el ánimo de Ginebra, reconcentrado por completo en otro amor; á cuyo fin le demostré claramente, que su pasion hácia Ariodante era tan viva, que ni toda el agua del Océano conseguiria apagar el menor átomo de aquella inmensa llama. Habiendo oido muchas veces Polineso (que así se llama el Duque) esto mismo de mis labios, y visto y comprendido por sí mismo lo mal correspondida que era su ardorosa pasion, no desistió sin embargo de ella, antes bien montó en cólera y despecho, por no poder soportar en su soberbia que se le despreciara por otro; y valiéndose de torpes maquinaciones, se dedicó á producir entre Ginebra y su amante tanta enemistad, tal discordia y tan celosas sospechas, que originaron la ruptura de sus amorosas relaciones, hasta el punto de que no volvieran á reanudarlas: á este fin procuró hacer recaer sobre Ginebra una ignominia inmensa de que no pudiera verse libre ni viva ni muerta.
Tomada esta determinacion, me dijo:—«Dalinda mia, (tal es mi nombre) te confieso que, así como el árbol cortado varias veces suele renacer de sus propias raices, del mismo modo mi desgraciada pertinacia, aunque tronchada por sucesos desagradables, no cesa de germinar, queriendo conseguir el logro de sus deseos. Tambien te confesaré que no me incita el atractivo del placer, sino la satisfaccion del vencimiento. Ahora bien, con este objeto he imaginado un plan en el que espero que tambien me ayudes, no pudiendo llevarlo á cabo por mi solo. Deseo que una de las veces en que me recibas, segun costumbre, por el balcon, en ocasion en que Ginebra descansa en su lecho, cojas todos los vestidos de que ella se haya desnudado y te los pongas, procurando adornarte y arreglar tus cabellos como ella, imitar sus ademanes, y parecerte á ella en todo y por todo; hecho esto, me echarás desde el balcon la escala; mi acalorada imaginacion verá representada en tí á la princesa con cuyo traje estarás vestida, y engañándome á mí mismo de esta suerte espero que en breve se irán amortiguando mis vehementes deseos».
»Así dijo; y yo que no era dueña de mi razon ni de mi albedrío cuando él me pedia alguna cosa, no comprendí que lo que me acababa de proponer era un ardid de los más groseros; y cumplí exactamente sus órdenes, vistiéndome con las ropas de Ginebra, y echando desde el balcon la escala por donde él habia subido tantas veces. Cuando eché de ver el lazo que se me habia tendido, ya estaba hecho el daño.
»Por aquel tiempo, el Duque habia tenido una entrevista con Ariodante, de quien habia sido íntimo amigo antes de que el amor los convirtiera en rivales, y en ella se entabló la siguiente conversacion:
—«Maravíllome, empezó á decir mi amante, de que habiéndote guardado más consideraciones y querido más que á todos los de nuestra clase, tan mal hayas pagado esta amistad y deferencia. Estoy seguro de que no ignoras el amor que Ginebra y yo nos profesamos ha ya mucho tiempo, y de que estoy decidido á pedirla por esposa á mi soberano. ¿Por qué, pues, te atraviesas en nuestro camino? ¿Por qué te has de obstinar en obsequiarla, á pesar de conocer la inutilidad de tus esfuerzos? Si estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo, por Dios te aseguro que respetaria tu felicidad.
—«Mayor asombro me causa tu conducta, replicó Ariodante, pues ni siquiera habias visto tú á Ginebra, cuando ya mi corazon le pertenecia. Además, me consta que no ignoras cuán grande es nuestro mútuo amor, tan ardiente como el que más; que sus deseos más vehementes se cifran en ser mi esposa, y tambien me consta que estás perfectamente enterado de que no te ama. ¿Por qué, pues, no has de guardar á mi amor ese respecto que nuestra amistad exige, y que antes solicitabas tuviera al tuyo, como indudablemente lo observaria yo si ella te distinguiera con su cariño más que á mi? Abrigo, como tú, la esperanza de poseer la mano de Ginebra; pues aunque tus riquezas sean superiores á las mias, no soy menos apreciado del Rey que tú, y en cambio soy más amado por su hija.
—«¡Oh! exclamó el Duque: ¡en qué error tan grande te ha hecho incurrir tu insensato amor! Crees ser el preferido; yo creo lo mismo: por lo tanto es preciso apelar á las pruebas. Dame cuenta, con toda sinceridad, de los favores que has conseguido; yo te revelaré ingénuamente todos mis secretos con respecto á este amor, y aquel de los dos que haya sido el menos favorecido, cederá el puesto al vencedor, y procurará consolarse con otros amores. Pronto estoy á jurarte que no diré jamás una palabra de lo que me reveles, si así lo deseas: en cambio espero que á tu vez me ofrezcas no revelar nada de cuanto yo te diga».
»Convinieron ambos en esta proposicion, y pronunciaron su respectivo juramento con la mano puesta sobre los Evangelios; hecho lo cual, Ariodante tomó la palabra para referir al Duque la historia de sus amores. Participóle con entera franqueza y sin apelar á viles mentiras, que Ginebra le habia jurado de palabra y por escrito, que jamás consentiria en dar su mano á otro que á él; que en el caso de que el Rey su padre se opusiera á sus deseos, ella le aseguraba y le prometia oponerse á su vez á todo otro enlace, y que pasaria el resto de sus dias en la soledad. Añadió Ariodante que le animaba la esperanza de conseguir sus deseos en gracia del valor que habia demostrado en todas ocasiones, así como la de alcanzar mayores lauros y honores en beneficio de su Rey y de su patria, para hacerse tal lugar en el ánimo de su señor que llegara á tenerle por digno de desposarle con su hija, en cuanto conociera que tal enlace era del agrado de la princesa.
»Despues añadió:
—«Tal es mi actual situacion: no temo que rival alguno llegue á conseguir lo que yo; no procuro alcanzar más, ni deseo testimonio más irrecusable del amor de Ginebra; así como tampoco aspiro á mayor premio hasta que Dios me lo otorgue por medio de un legítimo himeneo; pues, por otra parte, estoy convencido de que seria completamente inútil solicitar nuevos favores á pesar de la extremada bondad de mi adorada.
»Así que el verídico y leal Ariodante concluyó de manifestar el galardon que esperaba de sus amorosos desvelos, Polineso, que ya se habia propuesto enemistarlo con Ginebra, empezó á hablar de esta suerte:
—«Veo que estás mucho menos adelantado que yo, y espero hacerte convenir en ello, y más aun, obligarte á confesar que soy el verdaderamente dichoso, cuando te descubra las circunstancias que á mi amor acompañan. Finge Ginebra que te ama; pero no te profesa cariño ni estimacion alguna, limitándose á alimentarte de vanas esperanzas y palabras: además de esto, siempre que habla conmigo atribuye tu amor á necedad y se mofa de él. En cuanto á mí, recibo con frecuencia pruebas de su ternura, más tangibles y terminantes que ridículas promesas; pruebas que te revelaré fiando en tu juramento, si bien haria mejor en callar. Has de saber que no transcurre mes sin que pase tres, cuatro, seis, y á veces hasta diez noches en sus brazos, gustando de las voluptuosidades del amor. Por esto podrás comprender si los favores que hasta ahora has recibido pueden igualarse á los que yo alcanzo continuamente. Cédeme, pues, el campo, y procura consolarte en otra parte, ya que soy el más afortunado de los dos.
—«No debo ni quiero dar crédito á tus palabras, repuso Ariodante; estoy seguro de que mientes, y de que has inventado todo ese tejido de falsedades con el objeto de obligarme á renunciar á mi empresa. Mas como todo lo que has dicho es altamente injurioso para Ginebra, es preciso que lo sostengas en todas partes; pues espero probarte ahora mismo que no solamente eres un impostor, sino tambien un vil traidor.
»El Duque replicó:
—«No seria justo que llegáramos á las manos, cuando te ofrezco hacerte ver por tus propios ojos, y siempre que gustes, la verdad de mis palabras.
»Al oir esto quedó atónito Ariodante, y empezó á sentir en todo su cuerpo tan frio temblor que, á haber dado entero crédito á lo manifestado por Polineso, allí mismo acabara su existencia. Con el corazon traspasado, pálida faz, voz temblorosa y amargo acento, respondió:
—«En cuanto me proporciones la ocasion de presenciar esa dicha, que, segun acabas de decir, alcanzas tan frecuentemente, huiré del lado de la que es tan liberal en sus favores para contigo y tan avara de ellos para mí: pero mientras no sea yo mismo testigo de mi desgracia, no esperes que dé crédito á tus palabras.
—«Cuidaré de avisarte cuando se presente la ocasion, respondió Polineso: y separóse de su rival.
»Dos noches habian pasado, cuando avisé al Duque que podia acudir á visitarme. Este, dispuesto ya á completar la trama tan artificiosamente urdida, aconsejó á su rival que á la siguiente noche se escondiera entre las solitarias ruinas que habia hácia aquella parte del palacio, y señalóle un sitio á propósito en frente del balcon por donde solia subir. Ariodante sospechó desde luego que Polineso habia procurado atraerle hácia un lugar tan desierto con el objeto de tenderle una emboscada y darle la muerte, bajo el pretexto de que queria probarle cuanto habia dicho con respecto á Ginebra, lo cual le parecia imposible. Resolvió, sin embargo, acudir á la cita; pero de modo que no le encontrase desprevenido cualquier asechanza que se le preparara. Ariodante tenia un hermano, tan valeroso como prudente, y el más famoso entre los caballeros de la corte por su destreza en el manejo de las armas: llamábase Lurcanio, y yendo acompañado por él, estaba más seguro que si le prestasen su auxilio otros diez defensores cualesquiera. Rogóle que fuera en su compañía y que acudiese convenientemente armado; y al cerrar la noche encamináronse ambos al sitio designado, sin que Ariodante revelara á su hermano el secreto que se le habia confiado. Hizo que se colocara como á un tiro de piedra apartado de él, y le dijo:
—«Si me oyes llamarte, ven en mi auxilio; pero si no es así, te ruego que, si me profesas algun cariño, no te muevas de aquí antes de que yo te llame».
—«Te lo prometo, contestó Lurcanio.
»Tranquilo Ariodante por este lado, fué á ocultarse entre las ruinas que estaban frente á mi balcon, á tiempo que por la parte opuesta se adelantaba el infame que se complacia de antemano con la deshonra de Ginebra: hízome la señal acostumbrada, y yo, ignorante por completo de aquella perfidia, apenas la oí salí al balcon, que estaba de tal modo construido, que se me podia ver por todas partes, vestida con un trage blanco, adornado con franjas de oro en su centro y en derredor, y engalanada la cabeza con una redecilla de oro y pequeñas borlas de púrpura; moda que ninguna dama de la corte usaba más que Ginebra.
»Lurcanio, en tanto, temiendo que acaeciera alguna desgracia á su hermano, ó impulsado por ese deseo que todos tenemos de saber lo que á otros sucede, le habia ido siguiendo silenciosamente, resguardándose con la sombra, hasta que llegó á colocarse á menos de diez pasos de distancia. Ignorante yo de cuanto estaba pasando, y vestida como he dicho, salí al balcon como habia salido tantas y tantas veces. La luz de la Luna daba de lleno sobre mis vestidos, y como mi aspecto y rostro eran bastante semejantes á los de Ginebra, fácilmente podrian confundirme con ella, tanto más cuanto que entre el palacio y aquellas casas arruinadas media una regular distancia.
»El Duque se aproximó á los dos hermanos, á quienes ocultaba la sombra, y les hizo creer diestramente en aquella superchería. ¡Juzgad cuál seria el dolor y la desesperacion de Ariodante! En seguida se acercó Polineso á la escala, que ya le habia yo arrojado, y subió apresuradamente al balcon: apenas llegó á él, le eché los brazos al cuello, creyendo no ser de nadie vista, y le prodigué las más tiernas caricias, como solia siempre que venia en tales horas á visitarme. Él por su parte me acarició con más solicitud y ternura que nunca, con el único objeto de disipar hasta la menor duda que pudiera quedar en el corazon de Ariodante, el cual contemplaba desde léjos el terrible espectáculo que en mal hora habia deseado presenciar. ¡Su dolor fué tal, que intentó darse allí mismo la muerte, y desenvainando su espada, apoyó en el suelo la empuñadura para clavarse la punta en el corazon! Lurcanio, que habia visto con el mayor asombro al Duque subir al balcon, pero sin conocerle, reparando en la accion de su hermano, se precipitó hácia él y evitó que se traspasara el pecho con su propia mano, llevado de la desesperacion. Si hubiera tardado un solo instante, ó se hubiese encontrado un poco más léjos, no habria estado á tiempo de evitar aquella desgracia.
—«¡Ah, hermano desgraciado é insensato! exclamó: ¿has perdido por ventura la razon, para que por una mujer intentes arrancarte la vida? ¡Así desaparecieran todas como ante el viento la niebla! Procura más bien su muerte, pues la tiene merecida: tú debes morir de un modo más honroso y más digno de tí. Pudiste muy bien amarla cuando te era desconocida su perfidia; pero ahora que la has descubierto, debes aborrecerla con toda tu alma. Conserva, pues, ese acero, que has vuelto contra tu pecho, y que debe servirte para denunciar al Rey la deshonrosa falta de su hija.
»Cuando Ariodante vió junto á sí su hermano, abandonó su criminal empresa; pero no el intento que habia formado de librarse de la vida. No ya herido, sino traspasado el corazon de angustia y de dolor, se alejó de aquel sitio con su hermano, fingiendo que habia desaparecido ya el furor que le puso fuera de sí.
»A la mañana siguiente se ausentó sin ser visto de nadie y sin decir una palabra á su hermano, guiado por la desesperacion, ignorándose durante muchos dias qué habia sido de él. A excepcion del Duque y de su hermano, todo el mundo ignoraba la causa de su desaparicion, sobre la cual se hicieron mil diversos comentarios, tanto en palacio, como en toda la Escocia. Al cabo de ocho ó más dias se presentó á Ginebra un viajero, portador de una noticia desastrosa: tal era la de que Ariodante habia perecido en medio de las olas, y no á consecuencia de alguna tempestad, sino por haberse dado voluntariamente la muerte, arrojándose de cabeza al mar desde una peña que se elevaba bastante fuera del agua. El portador de tan triste nueva añadió:
—«Antes de llegar á tal extremo, me dijo Ariodante, á quien casualmente habia encontrado en el camino:—«Ven conmigo, á fin de que puedas referir á Ginebra la suerte que me espera; y díle que la causa de lo que vas á presenciar consiste en que he visto demasiado. ¡Dichoso yo, si antes hubiera quedado sin vista!»—Nos encontrábamos entonces cerca del promontorio de Cabo-bajo, que penetra algun tanto en el mar en direccion á Irlanda; y así diciendo, ví que desde lo alto de un peñasco se precipitó de cabeza en el mar desapareciendo entre las olas. Allí le dejé, y he venido presuroso á traerte esta noticia».
»El dolor de Ginebra fué tan grande que cubrió su rostro una palidez mortal, perdió el conocimiento y quedó algun tiempo como muerta. Cuando, vuelta en sí, se encontró sola en su lecho virginal ¡oh Dios! ¡cuál manifestó su desesperacion en sus acciones! Golpeábase el seno, desgarraba sus ropas, y se mesaba furiosamente los dorados cabellos, repitiendo incesantemente las últimas palabras de Ariodante: ¡que la causa de su triste y desgraciada muerte procedia de haber visto demasiado!
»En breve circuló por todas partes el rumor de que el valiente caballero se habia dado la muerte llevado de su desesperacion. El Rey, lo mismo que las damas y caballeros de su corte, derramaron abundantes lágrimas por su memoria, pero sobre todos ellos, Lurcanio, que quedó sumido en tal luto y desolacion, que estuvo próximo á imitar á su hermano, dándose á sí mismo la muerte. A fuerza de repetirse una y otra vez que Ginebra era quien habia privado á su hermano de la vida, y que el motivo de su muerte no fué otro sino el haber sido testigo de la infame deslealtad de la princesa, se apoderó de su corazon tan insensato afan de venganza, y tanto fué lo que el dolor y la ira le dominaron, que con tal de satisfacerla no titubeó en arrostrar la ira del Rey y del país entero, y mucho menos en perder la gracia del monarca.
»Presentóse, pues, al Rey en el momento en que se hallaba rodeado de toda su corte, y con ademan sombrío, le dijo:
—«Sabe, señor, que la única causa de que mi hermano perdiera la razon, hasta el extremo de darse la muerte ha sido tu hija. Tan agudo fué el dolor que traspasó su alma al presenciar su deshonestidad, que desde entonces le fué odiosa la vida. Ambos se amaban, y hoy me atrevo á hacerte esta revelacion, porque los deseos de mi desgraciado hermano eran respetuosos al par que honestos, como lo prueba el que esperaba merecer la mano de la princesa por medio de su valor y de sus leales servicios. Pero mientras el desdichado se contentaba con aspirar desde léjos el perfume de las hojas, vió que otro subia por el árbol reservado y cogia el anhelado fruto».
»Y continuó refiriendo cómo habia visto á Ginebra salir al balcon, afirmando que la habia visto echar desde él una escala por donde subió un amante, cuyo nombre ignoraba, el cual, para no ser conocido, habia recurrido á un disfraz y se habia ocultado los cabellos. Por último, añadió, que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la verdad de cuanto habia dicho.
»Fácilmente comprenderás el estupor del angustiado padre cuando oyó semejante acusacion, ya por el asombro que le causaba una revelacion que jamás se le hubiera ocurrido, ya tambien porque se veria obligado á condenar á muerte á su hija, en el caso de que no se presentara un caballero que, tomando la defensa de la jóven, probara la falsedad de lo aseverado por Lurcanio. Nuestras leyes condenan á muerte á toda mujer, sea casada ó doncella, convencida de haber cedido á una pasion criminal, y se aplican con todo rigor, llegándose hasta el extremo de entregar la esposa muerta al marido engañado, si en el término de un mes no encuentra la acusada un caballero de ánimo tan varonil que sostenga, contra lo asegurado por el falso acusador, que es inocente é inmerecedora del suplicio.
»El Rey, que no puede dar crédito á la acusacion de su hija, ha hecho proclamar con el objeto de libertarla, que entregará su mano y además un gran dote, al que se presente en defensa de su honra mancillada. Hasta ahora nadie se ha presentado; todos vacilan, y se limitan á observar al terrible Lurcanio, cuyo valor infunde al parecer miedo en el ánimo de todo guerrero. Por una coincidencia funesta, Zerbino, hermano de la princesa, se halla ausente de su patria; hace muchos meses que viaja por lejanos paises, señalándose en numerosos hechos de armas. ¡Ah! si aquel gallardo jóven estuviera más cerca, ó en un punto donde pudiera llegar á su noticia la suerte de su hermana, no se veria esta, como hoy se vé, abandonada.
»Procurando el Rey en tanto averiguar, por otros medios distintos de las armas, lo que esta acusacion tenga de calumniosa ó verdadera, para saber si es ó no justo que muera su hija, ha hecho prender á ciertas camareras, que por su posicion al lado de su señora deberian estar forzosamente en el secreto; por cuya razon preví que, si llegaban á apoderarse de mí, correriamos un grave riesgo tanto el Duque como yo. Esta consideracion me obligó á alejarme precipitadamente de la corte aquella misma noche y buscar un asilo en casa del Duque, á quien hice presente el peligro que corrian nuestras cabezas, si me reducian á prision. Aplaudió mi determinacion, por la que me prodigó las mayores alabanzas, y me dijo que nada temiera; despues me aconsejó que confiara en él, y que me refugiara en una fortaleza que posee cerca de aquí, á la que hizo que me acompañaran dos servidores suyos.
»Ya has oido, señor, las repetidas pruebas de amor que dí á Polineso; por ellas comprenderás si tenia ó no derecho á esperar de él el acendrado cariño de que me era deudor: oye, sin embargo, el galardon que recibí por mis amorosos desvelos: oye la gran merced que á mis grandes merecimientos ha hecho; y juzga si por el solo delito de haber amado demasiado, ¡puede esperar una mujer el más completo olvido! Aquel amante pérfido, cruel é ingrato ha llegado al fin á sospechar de mi fidelidad, y temeroso de que tarde ó temprano se me escapara la revelacion de sus fraudulentas acciones, ha fingido enviarme á uno de sus castillos, bajo el pretexto de que en él podria esperar con seguridad á que se mitigaran la ira y el furor del Rey, cuando en realidad donde me encaminaba era á la muerte; pues habia encargado secretamente á mis dos guias, que en cuanto nos internáramos en la espesura de esta selva, me inmolaran sin compasion; é indudablemente se hubieran realizado sus deseos, á no haber acudido tú al oir mis gritos. ¡Este es el premio que Amor da al que le sirve bien!»
Tal fué la triste historia que refirió Dalinda al paladin mientras proseguían su viaje. Regocijó en gran manera á Reinaldo aquel encuentro, que le proporcionó la ocasion de profundizar un secreto que así le patentizaba la inocencia de Ginebra; y si se habia propuesto salir en su defensa cuando no le constaba si la acusacion tenia algun fundamento cierto, con mucha mayor energía la abrazaba ahora siéndole tan evidente la calumnia.
Apretó, pues, el paso hácia la ciudad de San Andrés, donde se hallaba el Rey con toda su familia, y donde debia tener efecto el combate que decidiera de la suerte de la princesa. Pocas millas le faltaban para llegar, cuando encontró á un escudero á quien supuso portador de noticias más recientes. Habiéndole dirigido algunas preguntas, el escudero le manifestó que habia llegado un caballero dispuesto á defender á Ginebra, en cuya armadura se veian emblemas desusados, y á quien nadie habia podido conocer, porque procuraba esquivarse á todas las miradas; que desde que en aquella ciudad se encontraba, nadie habia conseguido verle el rostro, por llevar siempre calada la visera de su yelmo, y que hasta su mismo escudero juraba que ignoraba completamente quién pudiera ser.
Continuando su camino, llegaron en breve al pié de los muros de la ciudad. Dalinda manifestaba un gran temor de seguir adelante; pero Reinaldo la tranquilizó; y como viese cerradas las puertas, preguntó la causa de ello al centinela, el cual le dijo, que era por haber ido todo el pueblo á presenciar el combate que debia tener efecto, entre Lurcanio y un caballero desconocido, en una pradera llana y espaciosa situada al otro lado de la ciudad; añadiendo, que ya habia comenzado la lucha.
El señor de Montalban hizo que le abrieran la puerta, que volvió á cerrarse en cuanto él y Dalinda la traspusieron, y atravesó la desierta ciudad, despues de haber dejado á la doncella en una posada, encargándole que permaneciera tranquila en ella hasta su regreso que no se haria esperar. En seguida se dirigió precipitadamente á la palestra donde ya se habian dado y se estaban dando tremendos golpes los campeones. A Lucarnio le animaba su furiosa cólera contra Ginebra, mientras que su adversario sostenia con no menos ardor la empresa que habia abrazado.
Encontrábanse con ellos en la estacada seis caballeros, á pié y armados de corazas, á cuyo frente, y montado en un magnífico caballo de pura raza, estaba el Duque de Albania, que en su calidad de gran Condestable, tenia á su cargo la custodia del campo y del terreno de la liza. Polineso se gozaba en la apurada situacion de Ginebra, á la que dirigia orgullosas miradas.
Reinaldo atravesó la apiñada multitud, abriéndole camino su brioso Bayardo; pues al sentir su fuego, se retiraba la gente presurosa. Descollaba entre todas la figura del paladin, flor y nata de la gallardía; detúvose al llegar frente al sitio en que se hallaba el Rey, y todos se aproximaron á él para saber lo que pretendia. Reinaldo dirigió entonces la palabra al monarca, expresándose en estos términos:
—Ruégote, gran señor, que hagas suspender ese combate; pues debes tener por seguro que sea cualquiera de los dos campeones el que sucumba, tolerarás que muera injustamente. El uno cree que le asiste la razon, y se equivoca lastimosamente, pues sostiene lo que es falso, ignorando que miente, porque el mismo error que ha causado la muerte de su hermano es el que le hace empuñar las armas; al paso que el otro no sabe si defiende lo justo ó lo injusto, y solo su generosidad y compasion le hacen arrostrar la muerte, á fin de no consentir en la de una dama de tan sin par belleza. Yo traigo conmigo la salvacion de la inocencia; conmigo va el castigo del impostor; pero, por Dios te suplico que hagas cesar esa lucha, y despues concédeme algunos momentos de atencion.
Causó tal impresion en el ánimo del Rey la autoridad de un caballero tan digno como por su talante y apostura parecia Reinaldo, que hizo inmediatamente la señal de que se suspendiera el combate. El paladin entonces descubrió en presencia del Monarca, de los magnates, de los caballeros y de toda la muchedumbre allí reunida la infame trama que habia urdido Polineso contra la inocente Ginebra, añadiendo al terminar su narracion que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la verdad de cuanto habia dicho.
Llamóse á Polineso, que se acercó turbado y pálido, si bien lo negó todo con cínica audacia. Reinaldo entonces apeló al acero, y como ambos estaban armados y el campo abierto, vinieron á las manos sin tardanza. ¡Oh! ¡cuán vivamente desea el Rey, y con él su pueblo entero, que brille en todo su esplendor la inocencia de Ginebra! Todos abrigan la firme esperanza de que Dios patentizará lo injustamente que se la habia tratado de impúdica y deshonesta. Nadie duda ya de que Polineso, tenido siempre por cruel, soberbio y avaro, y además inícuo y fraudulento, ha sido el autor de tan vil calumnia.
El duque de Albania, macilento, con el corazon tembloroso y rostro pálido, enristra la lanza al oir la tercera señal de las trompetas: en cuanto la oye Reinaldo se precipita sobre él procurando atravesarle de un lanzazo á fin de terminar el combate con un solo golpe. El resultado correspondió al deseo, pues le escondió en el pecho la mitad del asta. Clavado en la lanza le arrancó de la silla y le arrojó contra el suelo á más de seis brazas de distancia de su caballo. Reinaldo se apeó con suma celeridad, llegóse á su vencido adversario, y antes de que pudiera incorporarse, le desató el yelmo; pero aquel que no se encontraba ya en estado de combatir, le pidió humildemente perdon con rostro acongojado. Entonces confesó Polineso, siendo testigos el Rey y toda la corte, la infame calumnia que le habia conducido á tan desastrosa muerte. No pudo concluir, pues en medio de su confesion, le faltó el aliento y la vida.
Al contemplar el Rey á su hija libre de la muerte y recobrada su honra, experimentó mayor alegría, gozo más vivo y más consolador que si le acabaran de restituir la corona despues de haberla perdido. Colmó de honores á Reinaldo, á quien lo debia todo, y cuando al quitarse el yelmo el guerrero le conoció, pues habia tenido ocasion de verle otras veces, alzó las manos al cielo, dando á Dios infinitas gracias por haberle concedido tal defensor.
En tanto que el monarca daba espansion á su alegría, el caballero desconocido que habia acudido primeramente en defensa de Ginebra se mantenia modesta y respetuosamente retirado hasta ver el desenlace de aquella escena. El Rey le llamó rogándole que le dijera su nombre, ó por lo menos que se descubriera, á fin de que pudiera recompensarle tal cual merecia su meritoria accion. Despues de muchas instancias, accedió el desconocido á quitarse el yelmo, y descubrió lo que se verá en el canto siguiente si es que os agrada escuchar esta historia.