En el recibidor de esta mansión
había un gran espejo antiguo,
adquirido por lo menos hace cien años.
Un joven de extremada belleza,
ayudante de sastre
(atleta aficionado los domingos),
estaba frente a él con un paquete
el cual entregó a alguien de la casa,
quien lo tomó y fue a conseguir el recibo.
El ayudante de sastre se quedó solo
por unos momentos; y mientras esperaba,
se acercó al espejo, se arregló la corbata,
observándose de cerca.
Unos minutos después trajeron el recibo;
lo tomó y salió.
Pero el viejo espejo que tantos objetos
y caras había visto durante sus largos años de vida,
esta vez estaba extasiado, se sentía orgulloso
de haber retenido por unos instantes
la imagen de la belleza pura.