Iba fiel la tormenta sobre mi alma cansada
cuando te apareciste con ternura de estrella.
Las ráfagas huyeron del suelo y de mis llantos
y me quedé dormida en tus luces inmensas.
Desperté luego en sueños inocentes y alados,
y partí con tu mano a incendiar primaveras.
Caminitos infantes entreabrieron sus almas,
y mi dieron, risueños, sus pisadas primeras.
Nuevos soles brotaron de la fa faz del espacio,
y hubo como una senda de Dios sobre mi senda.
Y juntitos subimos al rincón de lo grande
para izarnos de amor sobre nuevas esferas.