¡Oh quién, amado Anfriso, te ciñera
del Mundo las coronas poderosas!
Que a coronar tus prendas generosas
el círculo del Orbe corto fuera.
¡Quién, para eternizarte, hacer supiera
mágicas confecciones prodigiosas,
o tuviera las hierbas milagrosas
que feliz gustó Glauco en la ribera!
Mas aunque no halla medio mi cuidado
para que goces de inmortal la palma,
otro más propio mi cariño ha hallado
que el curso de tu vida tenga en calma;
pues juzgo que es el más proporcionado
de alargar una vida, dar un alma.