País Poema

Autores

josé zorrilla

las lágrimas de los ojos…








I







Las lágrimas de los ojos





disimuladas apenas,





mal prendidos los cabellos,





mal tocada y mal compuesta,





está en un sillón Elvira,





la faz y las manos trémulas,





como criminal que incierto





visita del juez espera;





y los pasos de don Lope





escuchando en la escalera,





más se turba cuando cauta





en disimular se empeña.





Entró en la estancia don Lope,





y al apercibirse de ella





la dijo con voz pausada,





entre amorosa y severa:





«¿Tú lágrimas en los ojos?





¡Por los cielos, que me admira!





¿Quién pudo en ellos, Elvira,





herirte con tal rigor?





¡Oh! Ven, Elvira, a mis brazos,





ven a contarme tus duelos,





que si no admiten consuelos,





admitirán vengador.





La faz escondes turbada,





la frente pálida inclinas;





esas rosas purpurinas,





¿Quién aja traidor así?





¿No me respondes, y lloras?





Pues te obstinas en callarlo,





ve que acaso averiguarlo





me toque después a mí.





Pudiera serme un secreto





lo que tu labio confiese;





mas puede ser que nos pese





lo que yo sepa, a los dos.





Pero a través de esa reja





han pronunciado tu nombre…..





¡Oh! Dime, Elvira, el de ese hombre;





dilo, o mueres, ¡vive Dios!»













Así don Lope diciendo,





asióla de las muñecas,





y entornando la ventana,





mató de un revés la vela.





Resistió, mas sujetóla;





quiso gritar, mas apenas





lanzó una voz, la garganta





contra el almohadón la aferra.





Sonó por segunda vez





desde la calle la seña,





y con acento fingido





dentro don Lope contesta.





A poco oyéronse pasos





de alguno que sube a tientas,





con los rotos escalones





tropezando en las tinieblas.





Y en el silencio solemne





de aquella medrosa escena,





del corazón de don Lope





todos los golpes se cuentan.





«Elvira», dijo el que entraba;





mas viéndose sin respuesta,





volvió a repetir el nombre





dentro de la sala mesma.





Todo allí es sombra y silencio,





todo es soledad en ella;





sólo una chispa encendida





dentro del pábilo humea,





que no ardiendo sino un punto,





la lobreguez más se aumenta;





y el humo con que se ahoga,





fétido el pábilo deja.





Las manos tendió adelante,





y avanzando así el que llega,





con el rostro de don Lope





en la obscuridad tropieza.





«¿Quién va?», preguntó; y su acento





siguiendo mano certera,





de una robusta puñada





tendióle de espalda en tierra.





Asidos ambos a dos,





en la sombra forcejean,





y el duro son de la lucha





confuso en la sombra suena.





Y sin duda a ambos importa





el secreto y la cautela,





porque trabajan las manos





y se recata la lengua.





A cóncavos resoplidos





ambos los pechos alientan,





mas no lanzaron los labios





una exclamación siquiera.





Así, en contados instantes





los dos combatientes ruedan,





hasta que a verse alcanzaron





gente y luces que se acercan.





Abriéronse las mamparas,





y casi en el linde de ellas





hallóse un hombre en silencio





y embozado hasta las cejas.





Miróle un punto don Lope,





y vuelto, con voz resuelta





a los que acudieron dijo:





«Paso»; y ganando las puertas,





llevósele por delante





medio a bien y medio a fuerza.
















II







Negra es la noche, y el cierzo,





que en son revoltoso gime,





rasgándose en las esquinas,





de miedo la sombra viste.





Por un callejón estrecho





que de pasadizo sirve





a una iglesia, va don Lope





con el otro, que lo sigue.





Sin duda tras de un farol





que medio agoniza y vive,





colgado en un esquinazo





ante un cuadro de la Virgen,





túvose bajo él don Lope,





y en voz imperiosa y firme,





desenvainando la espada,





esto al incógnito dice:





-o quién sois o qué valéis





he de saber; elegid.





-Enhorabuena; reñid,





que quién soy ya lo veréis.





-¿No tenéis otra disculpa?





-Vuestro empeño será en vano;





las espadas en la mano,





entrambos tenemos culpa.





Y así diciendo, uno a otro





con tal denuedo se embisten,





que brotan chispas las hojas





con los tajos y los quites.





Ambos en el mismo sitio,





ninguno vence o se rinde;





ni en uno temor se alcanza,





ni a otro más valor asiste,





según a la luz incierta





desde luego se distinguen





de entrambos a dos las sombras,





que en tierra clavadas riñen.





Mas el rumor temeroso





de la lucha se percibe,





sin que un ¡ay! ni una palabra





se oiga en trance tan difícil.





Dijérase al ver lo inmóviles





que ambos en ello persisten,





que son dos sombras de un sueño





que a alguno en la noche aflige.





Tal vez de dos enemigos





que un mismo ataúd divide,





creyéranse las fantasmas,





que juzgándolo imposible





partir un mismo sudario





ni el suelo estrecho partirse,





alzáronse despechadas





en aparición visible.





Abrióse en esto una reja,





otra a poco se oyó abrirse,





luego otras muchas, y luego





cerca pasos se perciben.





Alumbróse de repente





la calle, y al lejos dicen:





«Ténganse al Rey»; y en un punto





la justicia les divide.





Cercáronlos desatentos





soldados y ministriles,





que al tomarlos los estoques,





por ellos derechos piden.





Y tanto crece la zambra





y los confusos lelíes





de unos que dicen: «¡Soltarles!»,





y otros que «¡A la cárcel!» dicen,





que echando mano al embozo





el que con don Lope riñe,





partió el tropel de por medio,





y en alientos varoniles





gritando: «¡Lugar al Rey!»,





hace que a su voz se inclinen,





cayendo en tierra de hinojos,





cuantos alcanzan a oírle.





«Señor…», murmuró don Lope,





la faz con rubor humilde;





y el Rey, con blanda sonrisa,





levantándole le dice:





«Valiente sois, caballero,





y en despecho de la ley,





supisteis que siendo Rey,





he sido hidalgo primero.





Libre estáis y afecto os soy:





venid mañana a palacio





y hablaremos más a espacio





de las cuchilladas de hoy.





Pero no volváis a vella,





o por infame os tendré,





que os juro, don Lope, a fe,





que no sabéis quién es ella.»





Esto dicho, el Rey volvióse;





a la ronda se dirige,





y ante las rejas de Elvira





así en voz alta prosigue:





«Aquí hay presa de la ley;





entrad la casa en mi nombré,





y cubrid mi error de hombre





con mi justicia de Rey.»