Llegó Purita, y al mirarse ufana
junto al confesionario de rodillas,
besó del armatoste las rejillas
y los pliegues también de una sotana.
Aunque el frío tenaz de la mañana
le dejó las mejillas amarillas,
subieron, poco a poco, a sus mejillas
candentes olas de color de grana.
Alguna cosa por demás oscura
debió mediar en el sagrado nido
entre el ministro y la inocente Pura,
pues gritaron con tono enfurecido:
-«¡Se lo diré al obispo, señor cura!»-
-«¡También se lo diré yo a tu marido!»-