En mitad de la noche sombría y tempestuosa,
cuando la raza humana sus fatigas reposa,
alguien toca a mi puerta contímido reclamo.
—«¿Quién me busca a estas horas? — sobresaltado exclamo-,
Quién perturba el silencio de mis dichas supremas?»
Y una voz me responde: —«Soy unniño; no temas:
Me he extraviado en la noche, y ando errante y hambriento,
bajo el gélido azote de la lluvia y del viento…»
Y yo, compadecido por la súplicaincierta,
prendo fuego a mi lámpara y entreabrola puerta.
Y al instante entra unniño de dorados cabellos,
grandes ojos azules de adorables destellos,
frescos labios purpúreos y mejillas de rosa.
Y entra alegre, ágil,frívolo, como una mariposa…
Bajo el brazo derecho trae un arco potente,
y un gajo de amaranto leenguirnalda la frente;
un haz de agudas flechas en su carcaj asoma,
y en su espalda palpitan dos alas de paloma.
Y al ver su desamparo sentí tal pesadumbre,
que sequé sus cabellos al amor de la lumbre,
entibié sus manitas entre mis manos rudas,
y alisé el terciopelo de sus plantas desnudas.
Poco después, el niño de rosadasmejillas
se sintió confortado, y huyó de mis rodillas.
Curioseó por la estancia con puerilregocijo,
escogió una saeta, tendió el arco, y me dijo:
—«Quiero ver si la lluvia me ha dejado inservible mi juguete…»
Y al punto lancé un grito terrible,
pues la rígida flecha se me clavó en el pecho!
El falaz diosecillo palmoteó satisfecho,
se echó al hombro la aljaba,me miró sonriente,
clavó en tierra un extremo de su arco inclemente,
y crispando sus manos en la cuerda tirante,
le arrancó cuatro vecesun zumbido vibrante.
—Extranjero: Sonríe… —dijo el niño—. En efecto,
la tensión de mi arco no sufrió desperfecto.
Y en pago a tusbondades, como el más alto don,
perpetuamente herido te dejo el corazón!