las tías del campo
Venían una vez al año con sus vestidos floreados
y sus zapatos chuecos, conversaban
sobre las vacas
sobre la altura de los yuyos
o relataban la furia de las lluvias,
hablaban sin parar
de las langostas
y abrían inmensamente sus bocas
cuando las llevábamos
a pasear al centro de la ciudad.
Resplandecían tanto los vidrios que las separaban
de los maniquíes
resplandecían con un estrépito
que obligaba a sus bocas a abrirse aún más.
Gracias a ellas
aprendí palabras nuevas
que nunca pude usar en la ciudad
y recibí sus abrazos de bocas hambrientas
cerrando suavemente mis ojos.