¡vuélvete!
El cáliz en la mano, llegó mi amado al convento de los magos
ebrio de vino, y los comensales ebrios de su ebrio narciso.
De su caballo, en la herradura, creciente la luna clara;
y por su altura, del cedro la altura baja.
Se levantó, y la vela de los corazones de todos se sentó.
Él se sentó, y el grito de los contempladores se levantó.
La algalia emite alto perfume, pues se enrosca a su bucle;
el khol dibuja un arco, que el de su ceja asume.
Mas ¿por qué digo soy, si de mí mismo no he noticias?
Y ¿por qué digo no es, si con él tengo la vista?
Vuélvete, y que la vida en fuga de Hafez vuelva,
aunque la flecha que salió del pulgar nunca regresa.