las tablas del pecho de hafez
La dulzura de unos ojos negros ha poseído mi mente.
Es un decreto celeste que ya nada cambiará.
Fue mi prístino designio esa rebelde locura, y no se me encomendó otro cometido.
Adondequiera que se dirija el destino, ni aumenta ni disminuye.
¡Oh centinela!, por el suspiro de la flauta y del tambor, concédenos el perdón: que las normas de la fe no quebrantará esta historia.
El vino granate y el refugio y el amigo de la amable escanciadora,
oh corazón, ¿mejorarán su estado un día, si no ahora?
El adversario no dio pie a la reconciliación y fue enojoso.
El suspiro de los que madrugan, ¿hacia el orbe no se orienta?
Amarle, amarle ocultamente: mi opción es esta.
La fábula de su beso y de su abrazo… ¿Qué digo, si los ignoro?
A Machnún dijo una noche Layla: Oh enamorado sin par,
para ti otra amada se hallará, mas no será Machnún.
Oh ojo, no borres la huella de la tristeza de las tablas del pecho de Hafez: el color de la sangre no se desvanece, que herida del cuchillo del amado es.