en el taller de mi ojo
En el taller de mi ojo he dibujado la forma de tu rostro.
De una hermosa como tú, nunca vi imagen, ni palabra escuché.
Aunque me mido con el viento del norte, en pos de ti,
alcanzar el grácil ciprés de tu altura no logré.
Mi esperanza en la vida, en la noche de tu bucle no anudé.
La codicia de tu boca, del ansia del corazón corté.
¡Cuántas flechas de gracia lanzaste a mi corazón herido!
¡De tristeza, en tu reinado, cuántas cargas soporté!
¡Cuánta merced me otorgó el licor de tus labios de granate!
Buscando tu fuente pura, ¡cuántas gotas derramé!
Esperaba el señorío y me hice tu servidor,
anhelos de poderío a tus pies abandoné.
Del reino del amigo, oh brisa matutina, acerca el polvo.
Con la sangre del herido corazón de aquella tierra me perfumé.
Por culpa de tu ojo negro y de tu cuello apetitoso,
yo, como un ciervo salvaje, del hombre a la fuga me lancé.
De sus dominios, una brisa, tal capullo, despeinaba su cabeza:
por su perfume, el velo del corazón sangriento desgarré.
Juro por la tierra que tú pisas y la luz de los ojos de Hafez,
que, sin tu rostro, la luz que emite mi vista no he de ver.