en el cenobio de los magos
En el cenobio de los magos no hay otro loco como yo:
vino y libro en depósito tengo en un lugar, y en otro, el hábito.
El corazón, que es el espejo vero, lleno es de polvo.
A Dios le pido que me acompañe un hombre iluminado.
Trae el barco del vino, que sin el rostro del amado
cada rincón del ojo mi corazón doliente en un mar ha trocado.
De mis ojos, en las faldas, arroyos han manado.
Acaso junto a mí planten así un ciprés muy alto.
Arrepentido ante la mano del ídolo vendedor del vino, digo:
no volveré a beber sino en presencia del rostro que de las fiestas es ornato.
No te inquietes si así se jacta el narciso de tus ojos.
No siguen a los ciegos los que de vista están dotados.
La clave de esta historia acaso la vela la desvele,
ya que la leve mariposa no ha de lograrlo.
Si no es ella y la copa de vino nada me importa nada.
No me hables de otra a mí, que a esa amada idolatro.
Me complace esta historia que en el umbral de la taberna,
con flauta y con pandero contaba, al alba, un cristiano:
Si esta que Hafez profesa es la fe musulmana,
¡ay! si al día de hoy le sigue algún mañana.