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Libros de hafez de shiraz

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hafez de shiraz

canto de la escanciadora

Ven presto, escanciadora, que el oculto embriagado
en la misma taberna su residencia fija.
Sírveme sin medida, que el descrédito busco:
por el vino y la copa aspiro a la ruina.
Trae el licor aquel que el pensamiento inflama,
que si el león lo bebe arde el bosque enseguida.
Cazador de leones, romperé el firmamento
y la trampa del lobo con la copa divina.
Oh escanciadora, ven, trae el vino que une
con la esencia del ángel la hurí paradisíaca.
Que por todos mis poros daré paso a su fuego,
que al olfato del juicio da una eterna alegría.
Dame, pues, ese vino, que otorga realeza,
que el mismo corazón su pureza atestigua.
Dame el vino, que acaso de defecto me limpie,
y del gozo me yerga desde la tumba mía.
Mientras es mi morada el jardín de los santos,
entablillado al cuerpo aquí estoy noche y día.
El espejismo dame, y el rostro de fortuna observa.
Y el tesoro de la ciencia en mi ruina.
Yo soy aquel que al sostener la copa con la mano
en su espejo contempla cuanto existe y respira.
En la ebriedad toco la puerta de la abstinencia.
Tengo aliento de rey, aunque de harapos vista.
El que se embriaga pule la perla de los secretos,
que en la inconsciencia no se oculta el misterio.
Cuando Hafez, en su ebriedad, compone un himno,
con arpa lo acompaña Venus en su giro.
¿Cantor, dónde te hallas? Acude con el arpa
y con su voz recuerda aquel himno real,
para que gozar pueda del rapto y la alegría
y aquel «juego del hábito» empiece yo a bailar.
Cantor, toca aquel himno para los compañeros
y entona con el arpa ahora ese cantar:
Albricias de victoria desde los cielos llegan.
Yo, contra el enemigo, tendré oportunidad.
Cantor, compón canciones de júbilo y de rapto,
y empieza el recitado con dichos y gazal.
El peso de mi pena al suelo me ha clavado,
levántame, tañendo, del aciago lugar.
Cantor, acompañado del arpa melodiosa,
entona sin demora aquel himno real.
De alegría corona el alma de los santos
y menciona a Parviz e igualmente a Barbad.
Trae la partitura, el tono, los armónicos,
y está atento al custodio del secreto crucial.
Eleva de tal modo la voz en juglaría
que Venus con su arpa se disponga a bailar.
Toca en la escala misma que al sufí pone en trance
y al deseado encuentro lo lleve la ebriedad.
Cantor, el daf y el arpa resuenen en tus manos
y con gozoso júbilo inicia ya el cantar.
Encinta está la noche, ¿qué dará a luz el alba?
Claro engaño relata el universo falaz.
Cantor, siento nostalgia, toca ya esas dos cuerdas,
que en soledad te hallas tú por la unicidad.
Albricias hímnicas a los ebrios envía
y a los amigos que partieron saludos da.
Tiene el eón intención pendenciera:
los seductores ojos del amado, yo y la ebriedad.
Lleno de asombro estoy por los giros del círculo.
Dime, la tierra, ¿a quién quiere atrapar?
Cuando vuelva tal centella encendida a prender fuego,
¿la lámpara de quién será la que arderá?
Del cántaro la sangre en la copa derrama,
viértela aquí que de resurrección es el lugar.
Falaz, el universo un engaño relata.
Encinta está la noche, ¿qué dará a luz el alba?