el converso
Después de un instante, cuando incliné mi cabeza
Todo el mundo cambió y se enderezó,
Emergí donde el viejo camino brilló en su blancura,
Caminé las calles y oí lo que todos los hombres dijeron,
Bosques de lenguas, como las hojas de otoño sin caer,
Indignas de amar pero extrañas y ligeras;
Viejos enigmas y nuevos credos, sencillos,
Como hombres que sonríen por un muerto.
Los sabios tienen cien mapas que ofrecer,
Señal que su cosmos arrastra como un árbol,
Y nublan tanto su razón, igual que un tamiz
Que conserva la arena y permite que el oro, libre, huya:
Y todas estas cosas son para mí menos que el polvo
Pues mi nombre es Lázaro y estoy vivo.