Sceva, después de la postrera herida
con que dejó su fama rubricada,
así vendió su muerte, así su espada,
ya que compró su gloria con su vida.
«¿No hay quien lleve -exclamó- de mi caída
la nueva a mi contrario deseada?
Porque siento el morir obrando nada;
importe yo difunto, u homicida.»
Dijo, y prendióle crédulo un soldado,
cuando el aliento con que ya expiraba
Sceva gastó en matar al atrevido,
diciendo: «Moriré, pero vengado
de la injuria de aqueste que pensaba
que, aun muriendo, me pudo ver rendido.»