¡Oh tierra bendecida en que corrieron
De mi risueña juventud los días!
Tu nombre aviva las memorias mías
De aquellas horas que por siempre huyeron.
Los padres de mi amor, y cuantos dieron
Ventura al corazón, en tumbas frías
Yacen, y solo, Yucatán, me envías
En tu brisa el adiós que me dijeron.
En mi desierto hogar los rayos vierte
De su luz melancólica, la luna,
Y se oye en su recinto voz de muerte.
¿A qué volver a ti? dicha ninguna
En ti me aguarda por mi triste suerte:
¡Ni amores, ni esperanzas, ni fortuna!